Listado de sitiales.

Listado de sitiales. (19)

SARA DÍAZ DE RAED (R. GIMÉNEZ MOSCA)

SARA DÍAZ DE RAED

 Es con sincero y sano orgullo que ocupo el sitial académico SARA DÍAZ DE RAED. Es que entre las muchas figuras realmente destacables en el mundo de la docencia  que podía elegir para que fuese mi patrono académico, seleccioné  a esta mujer nacida en la ciudad de Santiago del Estero el día 19 de abril del año 1915 a quien conocí por relaciones familiares primero y más tarde por trabajar juntos durante prolongado tiempo en el mundo de la cultura y la educación.

 En estos mundos pudo concretar la Sra. Sara Díaz de Raed su vocación docente perfilada en los comienzos de su adolescencia cuando a sus hermanos menores, entretenía con juegos en los que ella siempre oficiaba de maestra.

 Desde entonces fue docente y nunca dejó de serlo. Como tal vivió enseñando sin dar nunca la real impresión de que lo hacía, Durante más de cincuenta años fue la actividad a la que se dedicó con fruición y tenía la virtud de enseñar sin proponérselo y, a veces, hasta sin darse cuenta de que lo estaba haciendo.

 Iniciada como maestra y llegando a desempeñarse como directora trabajó durante 32 años en escuelas rurales primarias y 18 en nuestra ciudad capital y en todo ese tiempo fue distinguida como docente ejemplar.

 

También la docencia secundaria y superior la contó entre sus referentes siendo la historia y las ciencias de la educación sus cátedras favoritas. Sus alumnos del Instituto “Madre Mercedes Guerra”, Instituto “San Martín de Porres” y de la Facultad de Ciencias de la Educación en la Universidad Católica de Santiago del Estero la recuerdan agradecidos y con cariño por haberse distinguido como docente preparada, dedicada y muy eficiente.

 

            El  Instituto Belgraniano de nuestra ciudad capital,  fue otro de sus grandes afectos profesionales. Fue allí  el escenario de nuestro primer encuentro de trabajo donde estuvimos mutuamente motivados por los anhelos comunes y propios de nuestra formación docente, orientados principalmente hacia los horizontes y dominios de la historia.

 

            Armonizamos y creo que, junto a otros meritorios docentes y escritores santiagueños trabajamos mucho y con buenos resultados. Todos coincidimos en la importancia de la noble misión a desarrollar como lo era el  hacer conocer las excelencias morales y patrióticas de Manuel Belgrano. Las famosas “Cartillas Belgranianas, de entrega gratuita en los Centros Belgranianos y en escuelas

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santiagueñas fueron gran aliado en la difusión de la obra de nuestro gran prócer creador de  nuestra bandera.

 

            Y luego fue la función pública la que nos convocó. Por esas  cosas del destino fui invitado a desempeñar  el cargo de subsecretario de cultura y educación y al aceptar se me pidió de inmediato que propusiera candidatos para ocupar los principales cargos en la Dirección Gral. de Cultura, Museo Histórico, Museo Arqueológico, Museo de Bellas Artes, Biblioteca 9 de Julio, Consejo Gral. de Educación y  también de Enseñanza Media y Superior. Y mis propuestas, todas aceptadas, fueron respectivamente las siguientes: Prof. Beatriz Barbieri de Prados, Prof. Sara Díaz de Raed, Dra. Amalia Gramajo de Martínez Moreno, Prof. Juan Carlos García, Prof. Isabel Loza de Peregrín, Lic. María Luisa Nazer de Gallo y Prof. Sara Navarrete de Hounou. 

 

            Indudablemente que fue el Museo Histórico de la provincia el lugar adecuado para la acción fructífera de su meritorio accionar. Se rodeó de un equipo de colaboradores y asesores que le permitió concretar acertadas medidas que hizo decir a un especialista que visitó dicho Museo que la Sra. Díaz de Raed había tenido la afortunada visión de darle un interesante toque de actualidad a los ricos testimonios  del pasado allí existentes. 

 

            Y en ese especial sentido vale recordar el programa que incorporó y al que puso por nombre “Luz y Sonido” que pudo concretar con satisfacción de todos los santiagueños, ya que nos permitió revivir con imágenes y sonidos venidos del ayer un rico patrimonio que enriquecía  día a día nuestro presente histórico.

 

            Me consta y doy fe de ello que diariamente muchos alumnos santiagueños disfrutaron de tan gratísimo acontecer y pude apreciar personalmente la visita permanente de alumnos, tanto capitalinos como del interior de nuestra provincia, que vivían intensamente las novedades históricas que el Museo les proporcionaba con sus visitas guiadas.

 

            También recuerdo, y lo hago muy gratamente, la modalidad que impuso la Sra. de Raed de abrir las puertas del Museo a instituciones, escritores y artistas para las presentaciones de sus obras que se fueron realizando cada vez con mayor frecuencia. El Museo Histórico de la Provincia se convirtió así bajo su eficiente dirección en un adecuado, buscado y apreciado centro cultural santiagueño. Realmente bueno, muy bueno. 

 

            Todo ello fue realizado tan bien que su obra cultural-educativa sigue siendo por todos nosotros reconocida, valorada y  muy agradecida.

 

            También la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Católica de Santiago del Estero conoció y valoró debidamente su meritoria función en tan importante casa de altos estudios. Durante seis años fue directora del Departamento de Extensión Universitaria y también catedrática en los Cursos de

 

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Perfeccionamiento Docente a Distancia, en Fernández El reconocimiento final coronó su dedicación y eficiencia en el mundo de la docencia.

 

            Además de todo ello la Sra. Sara Díaz de Raed participó muy activamente en muy diversas organismos e instituciones de nuestro medio ocupando importantes cargos y siempre desarrollando tareas afines a la cultura y educación. Así corresponde destacar:

 

Presidenta de la Junta de Clasificaciones en representación del Consejo Nacional de Educación.

Presidenta de la Mutualidad del Magisterio, durante diez años.

Miembro fundador y Presidenta durante seis años consecutivos del Instituto Belgraniano de Santiago del Estero, fundado el 11 de mayo de 1961, presidido inicialmente y también durante largos años por el Prof. José Néstor Achával.

Miembro del equipo de Conservación y Estudio del Patrimonio Histórico de la Diócesis de Santiago del Estero.

Miembro del Instituto “Juan Manuel Estrada”.

Miembro de la Comisión “Orientación para la Joven”, en 1965 y presidido por el Dr. Horacio Germinal Rava.

Miembro del Jurado del Concurso de Oratoria, año 1965.

Integrante del Jurado del Primer Concurso de Oposición para Ascenso de Jerarquía organizado en 1961 por el Consejo Gral. De Educación de la Provincia de Santiago del Estero.

Miembro Correspondiente en Santiago del Estero de la Academia Belgraniana de la República Argentina.

Vocal de la Junta Ejecutiva de la Federación de Institutos Belgranianos de la República Argentina.

Miembro de Número del Instituto Belgraniano de Paraná, Entre Ríos.

Miembro de la Junta Provincial de Homenaje al Bicentenario del Natalicio del Gral. José de San Martín.

Presidenta de la Comisión Organizadora de la Asociación Cultural Sanmartiniana de Santiago del Estero en 1981.

Miembro de la Comisión Honoraria de Santiago del Estero del Congreso Internacional de Folklore Iberoamericano, en 1980.

Miembro Integrante del Consejo Académico de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Católica de Santiago del Estero.

Representante del Sr. Gobernador de la Provincia de Santiago del Estero para asistir al acto inaugural de la Restauración de la Histórica capilla de Pilar, provincia de Córdoba en 1978.

           

            La Sra. Sara Díaz de Raed  tiene importantísima trayectoria como escritora ya que ha sido prolífera autora de libros, monografías, cartillas y folletos. También ha sido permanentemente requerida por los medios periodísticos de nuestra provincia en recordaciones de importantes acontecimientos religiosos, históricos y culturales, tanto nacionales como santiagueños. Así destaco:

LIBROS:        “Signatarios de la Independencia Argentina”.

                        “Manuel Belgrano Arquetipo de Virtudes”.

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            “Santiago del Estero, en sus Monumentos y Lugares Históricos”.

                        “San Martín en Santiago del Estero”.

                        “Hombres y Fortines”.

                        “Los Congresales de Tucumán”.

                        “Anecdotario Santiagueño”.

                        “Santiago del Estero, Títulos. Distinciones y Preeminencias”.

 

            Me parece oportuno destacar que en el mes de mayo del año 2007, en acto muy especial que contó con el auspicio de la Dirección de Cultura de la Provincia de Santiago del Estero, por iniciativa de la Sra. Prof. Blanco Macedo de Gómez, se hizo la presentación del libro intitulado “La Mujer en la Historia santiagueña” de la Sra. Sara Díaz de Raed, fallecida en 1996, que se encontraba inédito y como un merecido homenaje de recordación a tan distinguida mujer de nuestra comunidad.

 

            Sobre sus escritos son muchos los autores que han ponderado sus méritos  de tal suerte que sus libros han sido siempre bien acogidos por lo bien expresadas que están las ideas de su autora, presentadas ellas con la habilidad didáctica que le era característica y generalmente con oraciones largas muy bien construidas y mejor terminadas. Su léxico, propia de mujer culta, siempre la mostraba dominando con delicadeza y propiedad situaciones narrativas o descriptivas que obligaban a su voluntaria lectura.

 

            En el libro intitulado “Panorama de las Letras Santiagueñas” del académico Horacio Germinal Rava, editado por la Dirección Gral. De Cultura de la Provincia de Santiago del Estero en el mes de julio del año 1978, el autor  escribe lo siguiente: “SARA DÍAZ DE RAED publica un estudio sobre Belgrano y posteriormente, dedicada especialmente a la personalidad del prócer, en 1974 una relación sobre las “Virtudes Militares” del mismo, ampliamente ilustrada. Ha dedicado también atención a la personalidad del General Antonino Taboada y ha escrito un prolijo y minucioso estudio sobre los monumentos y lugares históricos de Santiago del Estero. Directora del Museo Histórico de la Provincia, realiza una amplia labor de difusión del conocimiento de la historia local”.

 

            En un artículo periodístico de la Biblioteca 9 de Julio, publicación aparecida el día 7 de septiembre del año 1983 en el diario “El Liberal y bajo el título “EL LIBRO DEL MES”, refiriéndose al reciente libro de la Sra. Sara Díaz de Raed intitulado “SANTIAGO DEL ESTERO TÍTULOS, DISTINCIONES, PREEMINENCIAS”, que reproduzco textual y totalmente por la valiosa información que contiene,  dice: “Con este libro su autora, conocida historiadora santiagueña, pone en evidencia, una vez más, su preocupación por la larga y rica trayectoria de nuestra ciudad, en el concierto de las capitales argentinas”.

            “Sus innegables condiciones de investigadora nos presentan la vida de Santiago del Estero desde su nacimiento en el siglo XVI, siglo en el que afirma su soberanía”.

            “Enfoca en su estudio cinco etapas, con sus correspondientes títulos, distinciones, preeminencias de la historiografía santiagueña. Cada una de esas

 

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etapas tiene como correlato un siglo determinado. Así, al siglo XVI le pertenece el otorgamiento de los títulos de “Madre de Ciudades”, “Muy noble”, “Ciudad capital de la Gobernación del Tucumán”, “Tierra de promisión”. En otro orden el “escudo de armas”, “La primera catedral”, “La acequia real”. Completan el panorama las informaciones sobre “La Sábana Santa”, “El real hospital”, “Santiago Apóstol”, “San Francisco Solano”, “Los Sínodos”.

            “Incluye en la segunda parte, siglo XVI, la fundación del Colegio de Ciencias Morales, Las Ordenanzas de Alfaro, los primeros obispos consagrados en la época colonial, la presencia de la Virgen de Nuestra Señora de Sumampa”.

            “La tercera etapa, siglo XVIII, nos presenta a Santiago del Estero desarrollando su cultura bajo la religiosidad, iniciada por los jesuitas. Sus Capítulos se refieren así a: Las Reducciones: Vilelas, Petacas y Abipones. Los Patronos: entre los científicos Gaspar Juárez, el jesuita; entre los apóstoles: Sor María Antonia de la Paz y la devoción del Amo Jesús”.

            “Termina con el siglo XIX en el que ubica hechos trascendentes dentro de la historia local como el primer Paseo de la Bandera, los títulos de “Muy fiel” y “Muy leal” otorgado al viejo cabildo por sus empeños ciudadanos”.

            “Revela el trabajo el espíritu científico que impulsa a su autora al manejar con sentido crítico la selección de los temas respaldados por la documentación inobjetable y que corresponde a cada suceso- ya se trate de títulos, distinciones, preeminencias- como valioso aval de verdad que es, por otra parte, lo que da a la historia su importancia como ciencia”.

            “Su estilo es el de siempre: sencillo, objetivo, didáctico, realzado con imágenes bien logradas que facilitan la captación sensible y que predisponen al espíritu del lector a trasladarse, sin esfuerzos, a un pasado lleno de vivencias que hacen de nuestra vieja ciudad un lugar privilegiado, siempre rico en realidades y sugerencias”.

            “Es así como Santiago del Estero vive para el recuerdo y la añoranza”.

            “En el prólogo, de signado contenido docente, ( rasgo inequívoco e indeleble que caracteriza a Sara Díaz de Raed se exponen los objetivos que el trabajo se propone alcanzar”.

            “Asimismo “Palabras Finales” contiene el balance justiciero y ecuánime que la autora hace para descubrir ante los lectores su profunda admiración y reconocimiento al fundador del Museo Histórico de la Provincia, Dr. Orestes Di Lullo, a quien con sincera emoción lo dedica”.

            “Acertadamente ilustrado con fotografías de imágenes, de documentos, monumentos, lugares, etc. El libro se enriquece con la colaboración artística de Juan Carlos García, autor del diseño gráfico que aparece en la tapa y que como verdadero “leitmotiv” se repite en cada capítulo”.

 

            He reproducido totalmente este trabajo porque considero de gran valor esta crítica del libro “Santiago del Estero títulos, distinciones, preeminencias”  de mi patrona académica, Sra. Prof. Sara Díaz de Raed,  que, ciertamente, a todos los santiagueños nos llena de orgullo por hacer conocer o recordar a muchos  las excelencias de nuestro rico pasado histórico.

 

           

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            Creo que a muchos lectores de investigadores orientados hacia el mundo de los acontecimientos propios de la historia no están acostumbrados, y me parece que tampoco lo esperan, a encontrar oraciones hermosamente construidas que gratifican el espíritu como si se tratara de un autor acostumbrado a escribir  poesías o  novelas que se convierten en best seller no solamente por sus argumentos sino también por estar espléndidamente redactadas.

 

            Pues bien, la Sra. Sara Díaz de Raed es historiadora, pero también es docente familiarizada con el buen decir. Y prueba de ello, al menos para mí, es el comienzo de su “Acequia Real” en el que dice: “Cuando el sol quemante, seguramente engreído de su daño creciente a la capa de ozono, amenaza reventar la gris dureza del cemento, el otrora fresco y arbolado paseo, sacude la memoria de los que peinan canas. Y también amaga una lágrima furtiva escaparse ante el inevitable cotejo entre pasado y presente. Aquella Avenida Belgrano, nacida de una premonitoria sabiduría con sus dos manos angostas de circulación, la línea central de agua y a sus lados las filas protectoras de árboles o esa turbulenta vía ensanchada producto del progreso”.

 

            Y otro testimonio al respecto. Escribiendo sobre el patrimonio de los santiagueños nos ha dicho la Sra. Díaz de Raed: “Habitamos la ciudad del sol, somos hijos de la primogénita de la conquista americana y solamente  debe iluminarse por la acción de hombres buenos, sanos y generosos”.

 

            Deseo recordar ahora una publicación del Prof. Luis Alén Lascano, distinguido académico santiagueño, cuando brindó su homenaje de recordación a tan meritoria dama de la cultura, poniendo énfasis en resaltar las tres devociones que alimentaron y llenaron su vida: religiosa, patriótica y educativa.

 

            Considero adecuado transcribir textualmente sus palabras referidas a la primera devoción  por ser la menos conocida  y sobre la que dijo:

 

            “A lo largo de su existencia, tres devociones signaron la vida de doña Sara Díaz de Raed y marcaron su existencia con dedicación completa a esas verdaderas normas existenciales que la distinguieron siempre. La primera de ella fue su devoción religiosa:  una constante de fe y testimonio exteriorizado a lo largo de los años, que ella supo personalizar  en la devoción a Nuestra Señora de los Dolores”.

            “Rindió tributo a una antigua imagen de la Dolorosa que recibió en herencia, como tributo a su nombre y que ella enalteció por el origen y la historia de esa talla”.

            “Había sido construida por un indígena altoperuano cuyo afecto y veneración por la Beata de los ejercicios, María Antonia de Paz y Figueroa le llevó a regalar a nuestra Mama Antula en uno de sus viajes”.

            “En Santiago su propietaria la dejó en poder de uno de sus familiares, doña Agustina Basualdo Paz de Martínez y ya como Rectora de su Casa de Ejercicios le recomendó su conservación mientras viviera, para dejarla en herencia a cada una de sus descendientes que llevara el nombre de Dolores”.

 

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            “Doña Agustina era hija de doña Petrona Catalina Santa Ana de Paz y Figueroa y prima de la Beata Antula. Se casó con el guerrero de la independencia Luis Beltrán Martínez, pariente y hombre de confianza del General Juan Felipe Ibarra, y a su vez, madre de doña Luisa Martínez que contrajo enlace con don Demetrio Argibay, de donde pasó a una de sus hijas doña Sara Dolores Argibay, quien por llevar este nombre heredó la histórica imagen”.

            “Siguiendo la tradición familiar ella se la entregó a su hija doña Sara Dolores Díaz Argibay de Raed, tataranieta de doña Agustina Basualdo Paz de Martínez, y quien le rindiera culto fervoroso lo que explica el origen de tan tradicional devoción”.

 

            Realmente lamento no seguir transcribiendo las palabras del Prof. Alén Lascano sobre las devociones patrióticas y educativas de la Sra. Sara Díaz de Raed por ser aspectos de su vida de los que yo me ocupo detalladamente en este trabajo.

 

            También la Sra. Sara Díaz de Raed ha sido una distinguida conferencista que ha disertado sobre temas culturales, históricos y religiosos en muchos escenarios y en varias provincias como ser  en Santiago del Estero, Buenos aires, Córdoba y Catamarca. En todos ellos ha sido excelentemente comentada por los medios de comunicación.

 

            Un muy importante aspecto de la fructífera vida de la Sra. Sara Díaz de Raed que deseo poner de manifiesto de manera muy especial es el referido a las  distinciones que merecidamente ha recibido y entre ellas, destaco:

            Por Servicios de Proyección en la Comunidad, otorgada por la Escuela de Profesores "Manuel Belgrano" de nuestra ciudad en 1977.

            Premio Al Servicio Distinguido a la Comunidad, otorgado por el Rotary Club de Santiago del Estero en 1985.

            Distinción de Ciudadana Ejemplar, otorgado por la Municipalidad de Santiago del Estero en 1992.

            Premio Santa clara de Asís, otorgado por la Liga de Madres en Buenos aires en 1994.

            Distinción de la Honorable cámara de Diputados de la Nación a la Trayectoria de la Mujer de Santiago del Estero en 1995.

Docente ejemplar.

Investigadora paciente y prolija.

Escritora exquisita y didáctica.

Mujer culta, agradable, bondadosa y llena de excelencias

Falleció en la ciudad de Santiago del Estero el día 8 de enero  del año 1996. Yo la despedí en nombre de sus amigos y en esa oportunidad, ante las autoridades superiores de educación y cultura de la provincia, expresé mi deseo de que una de las salas del Museo Histórico de la Provincia llevara su nombre. Se lo merece.

 

 

Prof. Rolando Giménez Mosca

Académico de Número

 

 

 

PROF. ROLANDO GIMÉNEZ MOSCA

            Nació en la ciudad de La Banda el 15 de junio de 1926 y es docente. Se recibió de maestro en la Escuela Normal “Dr. José Benjamín Gorostiaga” y se graduó de Profesor en Letras en la Escuela de Profesores “Alejandro Carbó” de la ciudad de Córdoba en 1946.

            En su larga trayectoria docente ha desempeñado estas funciones: Profesor, Profesor en Profesorado, Regente de Estudios, Vicerrector, Rector, Secretario del Consejo Gral. De Educación, Subsecretario de Cultura y Educación y el primer Secretario de Estado de Educación y Cultura de la provincia de Santiago del Estero. Ha pertenecido al cuerpo de profesores fundador de la Escuela Nocturna de Comercio y del Instituto “Santo Tomás de Aquino” y ha trabajado en nueve colegios de la ciudad capital y  La Banda.

            Condujo el primer programa educativo en vivo en la televisión santiagueña y durante un año fue uno de los editorialistas del diario “El Liberal”.

            Ha sido dos veces presidente del Rotary Club de Santiago del Estero y también gobernador rotario con mandato sobre los clubes de las seis provincias del noroeste grande y como tal representó a estos clubes en dos encuentros internacionales llevados a cabo en EEUU.

            Es Ministro Extraordinario de la Eucaristía en la Parroquia San Francisco desde 1983, fue Presidente de su Junta Parroquial y a nivel diocesano fue Presidente del Secretariado de la Familia.

            Es miembro integrante del Comité Institucional de Ética en Investigaciones de Salud y desde  el 24 de abril del año 2008 es Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de Santiago del Estero.

 

            El Prof. Giménez Mosca ha escrito y publicado ya trece libros, a saber:

 

“Reseña Histórica del Rotarismo en el Noroeste Argentino” (1995)

“Rotario, Quiero Decirte” (1997)

“Decíamos Ayer” (1998)

“¡Esto es Rotary” (1999)

“Rotary 2000” (2000)

“Historia del Jockey Club de Santiago del Estero” (2000)

“Historia de los Clubes Rotarios Santiagueños” (2001)

“Historia del Rotary Club de Concepción” (2002)

“Historia del Rotary Club de Tafí Viejo) (2002)

“Historia del Rotary Club de Juan B. Alberdi” (2002)

“Un Siglo Sirviendo al Mundo” (2005)

“Mi Tríptico Rotario” (2007)

“Historia del Rotary Club de Santiago del Estero” (2009)

 

            También tiene escritos y aún no publicados estos dos libros:

 

“Dios, el Hombre y la Educación”  y  

“España, América y la Cruz”

 

 

            Por la cantidad de libros de temática rotaria que tiene escritos el prof. Giménez Mosca, once en total, es el argentino que más libros tiene publicados sobre Rotary.

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PABLO LASCANO (L. ALÉN LASCANO)

Pablo Lascano

Un precursor de la literatura regional.

Por Luis Alen Lascano

Había nacido en Salavina, tierra de originales perfiles autóctonos y antaño floreciente producción agrícola y comercial, en Agosto de 1854, y a pesar de no corresponderle la primogenitura, se le bautizó con el patronímico familiar, que desde entonces, deslindando los vínculos de sangre, cobraría por él, distinta y permanente relevancia. Pablo Lascano, combatiente político, opositor y revolucionario, parlamentario o funcionario público, diplomático y señor mundano de cautivante distinción, es para nosotros los santiagueños que le buscamos conocer por no haberle alcanzado físicamente, algo distante de todo eso, que sin ser más aquello, en el conjunto totalizador, confiere a su figura dentro de la cronología y no lejos de las valoraciones, el rol fundamental de iniciador y fundador de nuestra vida intelectiva; porque Pablo Lascano, nada más y  nada menos; es quien inaugura como acto consciente y personalmente heroico de una vocación premonitoria, la faena literaria, en lo que hasta entonces era actividad virgen y hoy puede considerarse, autónomamente, calificada historia de las letras santiagueñas.

Verdaderamente sólo dos grandes escuelas formativas nutrieron su personalidad, pero con tan formidable y sentimental adhesión una, y tan dispar, errante y necesitado ejercicio la otra, que de ambas extrajo las dos grandes esencias de que constaban su carácter y su cultura. La primera, fue la del hogar, donde conoció el cultivo moral que dio rigidez insobornable a su conducta y fue preparado en los cánones de una educación desgraciadamente interrumpida por azares económicos, bajo el ejemplo permanente de sus dos mejores maestros: don Pablo Lascano padre, y su hermano mayor Manuel que dejó una huella imborrable en toda su vida.

La segunda gran fragua modeladora la constituyó el periodismo, que desde antes de los 20 años comenzó a ejercer como acuciante necesidad de expresarse y sacerdocio espiritual, mas que metódica profesión o vehículo proselitista; y antes que entrar a hablar de la obra impresa concreta que nos ha legado Lascano, tendremos que detenernos en estos dos especiales y confluyentes aspectos suyos que tanto explican sus posteriores inclinaciones, pues sin ello, tampoco podríamos interiorizarnos de las fuerzas gravitantes en su obra.

Ambulando por La Rioja y por las provincias vecinas, su fama y sus amistades fueron creciendo parejamente, hasta que reclamado en Buenos Aires aportó con su pluma en las lides metropolitanas, donde conoció a Sarmiento y a su lado, actuó como Secretario suyo en la Comisión Popular de ayuda a las víctimas del cólera, ganando su confianza y compartiendo su intimidad. En esos días comenzaron a ver luz en el periodismo, las primeras semblanzas, escritas como homenaje a la amistad, en forma de “medallones” sobre condiscípulos, amigos o políticos de su afecto, y en las que hacía resaltar las características más singulares de cada personalidad con gracia anecdótica a la par que valoración de méritos o talentos. Esto explica que versen sobre ejemplares no santiagueños del todo, aunque Lascano, emigrado de su tierra llevaba consigo ese “paisaje espiritual” que alentaría su autenticidad y sobre el que volvería en los temas inmediatos.

Llegarían como ecos extraños, en la tranquila fisonomía de sus habitantes, los comentarios que desde Buenos Aires hablaban de “Siluetas Contemporáneas” y los primeros ejemplares se exhibirían entre la curiosidad y la indiferencia de los demás, pero también, el estímulo confortante de algunos escogidos. Impreso por la casa Jacobo Peuser, en volumen de 343 páginas, no nos ha sido posible determinar la cantidad a que alcanzó su primera y única edición, de 1889. Las prensas locales, pocas e insuficientes, apenas cubrían las necesidades de periodismo o las hojas impresas, casi siempre políticas. De ahí que el mérito de este libro, corra parejo al de su edición, en aquellos tiempos, con la halagüeña advertencia  preliminar que firmaban sus editores, donde se aclaraba: “Bajo el modesto título de “Siluetas Contemporáneas”, el autor ha reunido en páginas fáciles y abundantes, colores o notas que tienen un interés dramático a la par que histórico y sociológico. Cuando estudia un carácter, al punto aparece una costumbre, una situación especialísima de los hombres y cosas de este país, y con una franqueza sólo comparable a la sinceridad que le anima, fija los jalones para que los otros cultiven más tarde en los surcos de los terrenos por él explorados, la vida argentina en sus múltiples faces”.

En las “Siluetas” como es lógico, campea la valoración personal por el hombre, no abstractamente considerado, sino como sujeto activo de la comunidad y la historia, con sus alegrías, sus dolores y sus grandezas. Vibra ese humanismo individualista, que como herencia carlyleana, nos retrata actores, en grande o pequeña escala, de la epopeya vital a través de los tiempos; convertidos en palancas motrices de la evolución, y que para Lascano se pinta en la sobriedad de pocos trazos, sea humilde o famoso el agraciado. Desfilan sucesivamente los primeros compañeros de la juventud, las figuras relevantes nacionales, los personajes típicos del ambiente santiagueño y algunos personajes del pasado provinciano, en episodios de relieve tradicional en la anécdota lugareña, sumando un total de 24 capítulos, sin prelación sistematizada, con el órden que les adjudicamos nosotros.

Dentro de la primera categoría, sobresalen las que dedica a Luis Ponce y Gómez, Alejandro Vieyra y Julio Lezana, donde la gracia retozona de la mocedad se une a la calidad anecdótica que lleva a grave elocuencia en ocasiones trágicas y solemnes. Entre las segundas, las de Avellaneda por su justa valoración, la de Sarmiento, por la sencilla intimidad con que revela aspectos desconocidos de sus hábitos domésticos retratados con escorzo con sus costumbres familiares ignoradas por la idolatría póstuma y que por serle tan accesibles le hacen buscar en la silueta “el otro”- chez lui- Sarmiento; la del Dr. Manuel Lucero, Rector de la Universidad de Córdoba, cuyas discusiones parlamentarias, reformas educacionales y proverbial caballerosidad, están matizadas con una fina ironía que conmueve elegantemente por la vivacidad del cuadro; y la del don José Posse, una institución tucumana “el único” que tuteaba a Sarmiento, con quien eran “hermanos siameses en ideas, en temperamento literario, en genialidades”.

Salvo algunos condiscípulos de la infancia santiagueña que ocupan los primeros lugares, hasta aquí las “Siluetas” pudieran también llevar la firma de cualquier escritor de plástica habilidad para el buril por la universalidad de los momentos, sin definir aún a una literatura genuinamente local. Pero de improviso, los cuadros cambian con vivos contrastes y aparece frente a las pupilas, toda la expresividad soterrada del alma provinciana, expuesta con despreocupada sencillez por vez primera, y comienzan a desfilar los cuadros regionales, con fuerte impregnación del paisaje natal. Lo más interesante de esta parte verdaderamente nuestra de las “Siluetas” es que ellas se dirigen sin afectación ni falsa conmiseración hacia las vides humildes y los temas socialmente menospreciados de aquella época, para extraer de todo eso, con hábil pintoresquismo, las mejores descripciones del libro.

La imagen de “la negra Manuela” revendedora del Mercado de su manumisión de la esclavitud y víctima de las picardías infantiles, es una reivindicación al trabajo infatigable con que el elemento de color contribuyó en nuestra primera sociedad. La de Julicho “el ciego de Millij” mendigo callejero que junto a su ingénita pobreza guardaba en el fondo de su excelencia espiritual, la firme lealtad a sus ingenuas convicciones políticas por el partido “alcortista”, demuestra sobradamente como hasta las más ínfimas secciones de nuestra masas populares conservaban con lealtad su preocupación por el destino de las comunidades, con un antioligárquico concepto de la misión y representatividad gubernativa, que la larga incumbencia popular en el viejo régimen federal había sedimentado en el carácter de todo nuestro pueblo sin exclusiones. El capítulo se presta a la meditación sociológica, en los rasgos vitales que todavía no ha perdido el santiagueño autóctono, que como éste, antepone el ideal y la consecuencia a todo interés, pues como se expresaba: “gratis et amore se desgañitaba echando abajo a los que reputaba sus adversarios políticos. A don Bartolo, por ejemplo, lo ha muerto ciento y una vez, pues no le perdonó nunca el triunfo de Pavón”, lo que si bien era un reflejo de la protesta interior por la subordinación en la que habían caído nuestras regiones ante el centralismo, era también un índice de sensibilidad y advertimiento político para con los hombres responsables del nuevo órden.

El “maestro Bonifacio” viejo barbero de Santiago se nos aparece con su ruda franqueza, reclamando la benevolencia de los parroquianos “que aún recuerdan la sangre que perdieron al contacto con su cruel navaja”; y por último, Francisco Lares, alias “el negro Sina- Sina” chasque, mandadero y cantor de almacén, que “haciendo un número de 4 de sus luengas piernas, cantaba un triste con infinita delicadeza”. Esa estampa, verdaderamente antológica, nos reservaba otra sorpresa: Lascano refiere una aventura casi mitológica del protagonista y concluye explicándola con audacia anticipada, haciendo gala de razonamiento lógico digno de la más adelantada premonición científica moderna. Mientras Sina- Sina repicaba en la antigua Catedral para la procesión tradicional de la Virgen del Carmen, su fervorosa devoción lo lleva a inclinarse demasiado en la baranda del campanario y caer de ella, entre el pánico general. Más, restablecida la calma, los feligreses contemplan asombrados que la víctima ya dada por muerta, se levanta del suelo “contando a los que le rodeabanque podía bailar un gato zapateado… (y) más tarde el negro solía decir que cuando se sintió en el aire…hizo promesa… en nombre de la Virgen y que a eso se debía la integridad de sus costillas”. Lo menos que sed ijo allí, fue que milagro tan notable patentizaba fehacientemente el poderoso influjo de la Virgen, pero don Pablo se propone concluir con sus inquisiciones en busca de la verdad del episodio, y entonces apunta en tono precursor: “Lares estaba de poncho el día de su caída. Naturalmente, como el viento era recio, tomó al sujeto en circunstancias favorables convirtiendo al poncho en un excelente paracaídas y he aquí, explicado a la luz de la ciencia el fenómeno. Y desde entonces el joven pasó a la leyenda, y el hecho corrió de boca en boca, multiplicando devotos”.

Finalmente, la obra se adentra en algunos episodios tradicionales de la historia provinciana y emparenta la prosa del autor con las mejores inspiraciones narrativas de los “Retratos Históricos” de don Vicente Fidel López, por la intimidad sin dramatismo de las escenas y ese sabor de convivencia y frecuentación natural en que se mueven los personajes cercanos a nosotros. Así nos enteramos de las peripecias desgraciadas del francés Miguel Sauvage, boticario en la época de Ibarra y fusilado por falsificación de nuestra “moneda ibarrista” luego de haber intentado sin éxito el asesinato del Caudillo- Gobernador.

Así, también, detrás del romántico ejercicio médico del Dr. Sabino O’ Donell, somos interiorizados de la sociedad tucumana del año 40, “que después de Lima atraía con fuerza irresistible” por la belleza femenina y su generosidad amatoria, desde donde vino a anclar en Santiago aquel curador aventurero de corazones y percances.

La invasión unitaria de don Javier López a Tucumán en 1836, le sirve para describirnos las desventuras de uno de sus lugartenientes el comandante Balmaceda, que reclamado por Ibarra para saldar viejas deudas, terminó en el suicidio cuando fue deportado a Matará sumido en crueles padecimientos, y de paso, la reconstrucción se anima con la presencia del general Alejandro Heredia “doctor en ambos derechos” a quien, no es ociosos decirlo, conocía por la tradición familiar, pues fueron compañeros de estudios en Córdoba con don Francisco Javier Lascano, abuelo de don Pablo, a quien acogió brindando asilo cuando debió huir después, de la persecución de Ibarra, y el que transmitió a los suyos las muestras de aquella gratitud, junto con el justiciero juicio re- valorativo.

Con esta última parte finaliza este breve análisis de las “Siluetas Contemporáneas” para su ubicación actual en nuestra literatura. Obra de popularidad descriptiva, si cabe decirlo, sobrevivirá no sólo por su ubicación cronológica, sino también, debido a sus imágenes regionales que instrumentan y dan expresión al sentimiento y al paisaje vital de aquel Santiago. Con ella se inicia nuestra actividad intelectiva constante, y es digno señalarlo, que corre a su lado, en pareja genealogía, la presencia y la urgencia social que en ella palpita, con la bonhomía convencional de su época; pero denotando la cultivada aunque inmadura preocupación terrígena y popular que alienta la vida de Pablo Lascano, en demostración de que, ello no fue obstáculo nunca a la formación humanista clásica en estudiosos como éste, que al tecnicismo de su dominio estilístico agregaba el culto sentimental por las cosas del diario vivir provinciano, y se valía de esa aleación para la forja artística capaz de hallar siempre la veta de nobleza en los temas que acogían la humildad sencilla de nuestros bienes sedientes.

La militancia política que complementaba esta faceta de su personalidad, le sustrajo del quehacer intelectual para sumirlo, siempre con suerte adversa, en el torbellino pasional de aquellas horas convulsas. Interrumpida la creación del espíritu de manera consagratoria, perdimos al escritor para ganar al estadista de infructífera lucha, y solo en los días finales, ya retraído del vivir político al ser superada su vieja época por la democracia que renacía con otras direcciones, intentó volver a la faena creadora dando vida a nuestra novelística, pero ya cuando la fuerza se le escapaba de la pluma.

No obstante, en todas estas actividades, sacudió la medianía ambiente, para enaltecerse con su talento, y así, cuando es elegido candidato a Gobernador en 1912 presenta el primer y concreto programa de gobierno, adecuado a las necesidades económicas y a la reconstrucción hídrica y demográfica de Santiago que denotaban su caudal práctico de capacidades en una era de improvisadores, para la gobernación, malogradas por la derrota con que le victimaron los círculos oligárquicos del poder. Antes, cuando como Ministro de Gobierno preside las ceremonias conmemorativas del centenario del Coronel Lorenzo Lugones, enfrenta los formulismos protocolares y desde la tribuna inicia la reivindicación histórica del precursor y mártir de nuestro federalismo interior, Teniente Coronel Juan Francisco Borges, cuyo reconocimiento en la posteridad destruye los prejuicios facciosos del pasado. Luego, difunde en una conferencia de enjundiosa desde Lisboa, el potencial argentino en su desarrollo del primer siglo independiente, en 1910, y la tribuna europea le vale su entrada a la Sociedad Académica de historia Internacional que le hace miembro de ella, o estudia y propone una planificación adecuada para extraer los mejores beneficios del comercio argentino- portugués; y siempre, cualquiera fuese su actividad, en ella deja impresos los rastros de su espíritu superior, elevándola a la dignidad a la altura de su propio nivel intelectual.

Si Pablo Lascano no alcanzó a publicar más tarde, otra obra literaria orgánica, practicó en cambio, entre cada descanso que le permitía la militancia política, este otro tipo de labor intelectual, la que brinda el periodismo, no menos importante ni digna para el creador que lleva dentro un mensaje que transmitir, aún robándole tiempo al tiempo.

De la primera época referida, data su articulo costumbrista “Trajes y colores”, su ingeniosa introducción al “Almanaque Humorístico” de Daniel Soria en 1899, y su semblanza de “Luli Becerro” popular personaje del pasado, cargado de filosofía barata, descendido a motivo de burlas y que en la misma línea de su emoción correctora le hace exclamar: “A Luli le han cambiado todo, hasta el nombre de Lorenzo Santillán, lo han convertido en Luli Becerro; de comprador de frutos en regular escala, en vendedor de gallinas y cabritos que adquiere entrándose subrepticiamente en las casas o invadiendo los apriscos en las horas de las sombras densas; de hombre serio en algo risible y payasesco… y anda por ahí, en nuestras calles y plazas, ofreciendo el tristísimo espectáculo de la decadencia. La sociedad, el medio ambiente, tiene una principal colaboración en estas dolorosas mutaciones de la especie humana. Luli es tal vez, víctima del egoísmo o de la imbecilidad de los pueblos”. Es la misma docencia expresiva que a través de la literatura, servíale para deducir siempre la moraleja oportuna o el disconformismo social.

Al segundo período corresponden las páginas compiladas en 1927 por el Dr. Víctor Lascano, en el libro póstumo “Discursos y Artículos”, donde aparecen, entre otros, “La Chola Tucumana”, evocación y despedida de este original tipo racial que alegró los campamentos con la ligereza de su genio y que desaparecía “corrida por el progreso, por los ferrocarriles y las escuelas normales que modelan de otro modo el alama de las generaciones”; “En el país de los Tucus”, descripción de alto valor estético sobre la belleza del paisaje nocturnal santiagueño donde la inspiración literaria corre pareja a la hilación narrativa; “La lucha por el agua” visión dantesca del padecimiento de nuestros pueblos donde la sequedad de la tierra es tan viva que empolva nuestra emoción con la energía del relato, escrito con humanizado realismo; y “La Loretanita” figura de humilde rango a quien la belleza del retrato ennoblece con mística ternura por su contraste doloroso con el progreso mecánico que le es ilegible a su ingenuidad aniñada y campesina.

En estos relatos, como en todas las producciones de Pablo Lascano, el motivo central de sus temas, está dado por el relieve con que surgen a la efusiva exhibición del lector, las vidas anónimas y modestas, pletóricas de generosidad en sus rasgos, y elevadas más allá de los recursos del oficio, por la espontánea maestría de la pluma. Fue el cantor y el cultor del valor nativo, ascendido del pintoresquismo efectivista y satirizante, a una dimensión plástica ecuménica y a una jerarquización social eminente.

Lo notable de esta sección de los “Discursos y Artículos” es la incorporación de lo que pudo haber sido su mejor obra. Una novela de tinte histórico que titulaba “JUALLO” y que buscaba evocar las vicisitudes pobladoras de los colonizadores fundacionales llegados a la vieja villa de Salavina en el siglo 18, con sus afanes progresistas y productivos capaces de convertir a la región en próspera zona de los cultivos exportables del trabajo agrario provincial. Se fundaba para ello en viejas leyendas familiares, pues sus antepasados habían pertenecido al núcleo originario de Salavina, que fue cuna de su mismo nacimiento y estaba enclavada en lo profundo de su corazón.

Desgraciadamente su enfermedad y luego su muerte en 1925 impidieron la continuidad de su trama novelística y quedaron esas páginas iniciales y fragmentarias  que su hijo el Dr. Víctor Lascano rescató del olvido y nos hizo conocer en ese libro póstumo. Y debemos recordar asimismo que por iniciativa del mismo Dr. Lascano se editó en 1970 una última publicación de los escritos de Pablo Lascano titulada “Mis Bosques” que tuvimos el honor de prologar con un exhaustivo estudio de la vida y de la obra del autor. Eran según su subtítulo “Cuadros y Tradiciones Solariegas”, en el estilo de sus “Siluetas”, con vívidas pinceladas  sobre los viajes en mensajerías, el melero, el pintor Felipe Taboada o una evocación del clérigo de las misas y el viejo de provincia. De tal modo no le abandonó su vocación literaria y quedó a salvo de los ajetreos de su vida política, marcada siempre con signo adverso y una sentida premonición democrática. Ocupó tres veces el Ministerio provincial, en los gobiernos de Luis G. Pinto, Maximio y Adolfo  Ruiz, Senador Nacional electo en 1892, Presidente del Consejo de Educación en 1893, Diputado a la Convención Reformadora de la Constitución Nacional en 1898, Secretario de la Junta Gubernativa en la revolución santiagueña en 1892, Cónsul argentino en Lisboa en 1910, candidato a Gobernador por el Partido Demócrata en 1912, Presidente de la legislatura y Gobernador interino en 1883, y funciones docentes, culturales, periodísticas y sociales en aquel Santiago, pero por sobre todo lo enaltece y confiere perdurabilidad el haber sido precursor de nuestra literatura regional con títulos indiscutibles que le confieren inmortalidad.

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ORESTES DI LULLO (P. BOLETTA)

Orestes Di Lullo

 Pedro Enrique C. Boletta

Orestes Di Lullo ha sido un hombre ilustre que se destacó en distintas áreas de las ciencias y la cultura y en su accionar ha prestigiado a su provincia natal, lo cual debe ser exhibido con orgullo por los santiagueños y tomarlo como un modelo para ser transmitido a la juventud santiagueña, para que ésta, lo tome como un referente a emular en sus vidas.

Orestes Di Lullo nació el 4 de julio de 1898 en Santiago del Estero y falleció el 28 de abril de 1983, a la edad de 85 años.

Los estudios primarios los realizó en la Escuela Normal de Varones que estaba localizada en la Avda. Roca frente a la Iglesia de San Francisco, fue alumno de una destacada educadora la Srta. Antonia Marcos y condiscípulo de Ramón Gómez Cornet quien fuera durante la  trayectoria de su vida un destacado pintor[1].

Los estudios secundarios los cursó en el colegio Nacional de Santiago del Estero, en la actualidad Absalón Rojas, del cual egresa como bachiller en el año 1916.

Ingresa en 1917 a la Universidad Nacional de Buenos Aires en la Facultad de Ciencias Médicas, de la cual egresa en el año 1923 con el título de Doctor en Medicina, especializado  en Dermatología y Sifilografía, con una novedosa tesis doctoral titulada  “El Paaj: una nueva dermatitis venenata” en la cual detalla en sus estudios  los efectos que provocaba el denominado Mal del Quebracho, que causaba endemias generalizadas entre los obreros de la actividad forestal. En la Facultad de Medicina fue alumno de destacados Profesores, entre ellos Salvador Mazza, Mariano R. Castex, Pedro Escudero, Pedro Chutro y Ricardo Finochietto, entre otras eminencias de la medicina nacional de ese entonces. Es importante destacar que el Doctor Salvador Mazza fue el que lo alentó y estimuló para que escogiera un problema regional para el desarrollo de su tesis doctoral  y quien lo dirigiera en el desarrollo de la misma.

Con el título de Doctor en Medicina regresa a su Santiago natal y participa en el año 1925 en la fundación de “La Brasa”, en cuyo manifiesto fundacional propone ser “un centro de actividad espiritual”[2].

En el año 1926 es designado médico interno de sala en el Hospital Mixto de Santiago del Estero.

En 1927 contrae nupcias con Doña Blanca Uriondo, de cuyo matrimonio nacen dos hijas, Marta Susana y María Eugenia[3].

Antecedentes  en el ejercicio de la actividad desarrollada en el campo de la medicina:

En 1928 con la aparición de una epidemia de peste bubónica en la provincia presenta un plan de lucha antibubónica elaborado conjuntamente con los médicos Eduardo P. Archeti y Enrique Canal Feijóo, para ser puesto en consideración del gobierno de la provincia.

Desde 1927 participa de las reuniones anuales de la Sociedad Argentina de Patología Regional del Norte, presentando en las mismas los casos de las observaciones realizadas sobre la etiología del “Paaj” provocado por el quebracho colorado. En forma sistemática y hasta 1933 participa de las reuniones que en cada provincia se llevaba a cabo mediante la entidad citada y publica en los volúmenes respectivos los estudios que llevó a cabo sobre la Spiroquetosis de Castellani, la Dermatitis ocasionada por el látex de la higuera, la acción cáustica de las hojas del Loconti y el tratamiento antipalúdico con extracto de Quebracho Blanco, contando siempre para estas investigaciones con la dirección del Dr. Salvador Mazza. Las valiosas investigaciones aportadas por Di Lullo, le permitió adquirir preponderancia científica entre los médicos del interior argentino.

En el año 1929 en una publicación independiente publicó La medicina popular en Santiago del Estero. En 1935 publica un libro sobre “La Alimentación popular de Santiago del Estero, prologado por el Dr. Escudero.

            En 1930  por los aportes realizados en las ciencias médicas es designado miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.

Di Lullo y sus aportes  en el Folclore

Recorrió toda la provincia para poder registrar,  recopilar y para impedir la pérdida de las tradiciones populares. Este trabajo de campo le permitió recuperar y salvar del  olvido coplas del cancionero santiagueño que los pobladores la tenían guardadas en sus memorias. En la realización de este trabajo fue alentado por el Dr. Ernesto Padilla desde la Universidad Nacional de Tucumán, quien también estimuló en otros trabajos similares a otros escritores en las provincias norteñas vecinas. El trabajo desarrollado sobre el folclore queda plasmado en la publicación titulada “El cancionero popular de Santiago del Estero”, en 1940; “El folclore de Santiago del Estero, en 1943; “La medicina y la alimentación, en 1944; “Contribución al estudio de las voces santiagueñas”, en 1946 y en una obra póstuma titulada “La razón del folclore”, en 1983.

Contribuciones a la historia del pasado argentino y regional

            La investigación de la historia del pasado argentino y regional lo dejó documentado a través de varias publicaciones entre las que merece citarse las siguientes:

            “La agonía de los pueblos”, en 1946.

            “Santiago del Estero Noble y Leal Ciudad”, en 1947.

            “Reducciones y fortines”, en 1949.

            “El General Taboada”, en 1953.

            “Viejos pueblos”, en 1954.

            “Caminos y derroteros históricos en Santiago del Estero”, en 1959.

            “Figuras de Mayo en Santiago del Estero”, en 1960.

            “Un cuadro de la prehistoria santiagueña”, en 1965.

            En 1991 se publica una obra póstuma prologada por el Profesor Luís Alén Lascano titulada “Santiago del Nuevo Maestrazo”.

Desempeño en la actividad Política

Incursiona en la política en el año 1930 y en ese año es electo Concejal para el desempeño de esa función en la Municipalidad de Santiago del Estero, incorporándose en el Consejo Deliberante el 30 de abril del año citado, cesando en esas funciones el 6 de septiembre del mismo año, como consecuencia de la Revolución Militar que interrumpe la continuidad democrática.

            En 1931 es candidato a Diputado Provincial, por el Partido Provincial Reformista.

            En 1938/39 es elegido Diputado Constituyente a la VI Convención Reformadora de la Constitución de la provincia de Santiago del Estero. En las sesiones de la reforma de la Constitución se destacó por sus encendidos discursos acerca de la defensa de la enseñanza católica en las escuelas y esto motivó que tuviera una gran repercusión en la opinión pública de la época. Esta es la última actividad política que desarrolló, dado que, se retira de la misma como consecuencia del incumplimiento de la promesa gubernativa de defender la enseñanza libre.

            El General Uriondo jefe de la casa militar le sugiere el nombre de su cuñado Di Lullo al General Perón para la nominación de su candidatura  a Gobernador de Santiago del Estero, por sus dotes intelectuales y de su trayectoria profesional, a pesar de que el General Perón no era afecto a este tipo de perfil para estas funciones, no obstante ello, el  Perón lo convocó a Buenos Aires y  le ofreció que fuera su candidato a Gobernador, la que fue aceptada por Di Lullo[4]. Di Lullo regresa a Santiago del Estero y comienza a hablar a personas de prestigio y de  colaboradores de su confianza  para formar su futuro gabinete y a elaborar la lista de candidatos a legisladores. Mediante un cable del cual toma conocimiento en la redacción del diario El Liberal lo sorprendió la noticia de que el Consejo Superior partidario había nominado para todos los cargos  a personas sin su conocimiento y conformidad de su parte. Según Maidana (2009) lo recuerda en el diario El Liberal rodeado por personal de la redacción con su rostro tenso leyendo el cable, comenta que no dijo una sola palabra, pero la humillación a la que fue sometido fue superior a lo que podía aceptar desde que había aceptado ser candidato de Perón. Por ello, sin dudar envió un telegrama renunciando a la postulación que le fuera ofrecida. Este hecho lo pinta al Dr. Di Lullo como un hombre integro que poseía una gran autoestima, de firme principios éticos, en la cual primó la dignidad por encima de la disciplina y la obediencia[5]. Como consecuencia de ello, la Provincia se vio privada de contar con un posible gobernador de lujo y de haber tenido otra historia de gobierno de la misma, dado que el Dr. Di Lullo conocía muy bien a su Provincia, por haberla recorrido y tomar conocimiento en el terreno de sus necesidades, potencialidades productivas para el desarrollo, idiosincrasia  y acerbo cultural[6].

Actividad desarrollada en el área de las Letras

            * Publica en 1947 una comedia dramática en tres actos titulada “Hermanos”.

            * En 1957 escribe sobre temas lingüísticos de “Lo popular en el Quijote de la Mancha”.

            * En 1961 publica “Elementos para un estudio del habla popular en Santiago del Estero”, entre otros escritos y varios libros terminados que quedaron inéditos a su muerte[7].

Obras  fundadas, Distinciones Académicas y premios obtenidos  

Fundó y organizó el Museo histórico de la Provincia de Santiago del Estero en el año 1940, siendo su primer Director desde su inauguración hasta el año 1945, renunciando en ese año ante  el nuevo Interventor Federal.  El mismo Interventor  Federal que había aceptado su renuncia lo designa nuevamente en 1945  para desempeñarse como director del Museo y permanece en esta función hasta 1967. La obra y trayectoria desarrollada en el Museo,  mereció que al mismo  se lo nomira con su nombre.

En 1953 fundó el Instituto de Lingüística y Arqueología de la Universidad Nacional de Tucumán, con sede en Santiago del Estero, ejerciendo su Dirección durante 20 años. Con la creación de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE), este Instituto en 1975, pasa depender de esta  nueva Universidad.

El Dr. Di Lullo dictó la conferencia inaugural de las actividades del Instituto Universitario San José y fue uno de los que bregaron y apoyaron  la fundación de la Universidad Católica de Santiago del Estero (UCSE). Al inaugurarse el edificio destinado a la biblioteca de la UCSE, se la bautizó Dr. Di Lullo para destacar su trayectoria y para que sirviese de ejemplo para continuar transitando por el camino por él trazado[8].

Miembro correspondiente en Santiago del Estero de la Academia Nacional de Historia, designado en 1965.

Miembro correspondiente en Santiago del Estero de la Academia Nacional de Medicina, designado en 1966.

Miembro correspondiente en Santiago del Estero de la Academia Argentina de Letras, designado en 1966.

La tesis del “Paaj” fue premiada con el Primer Premio Municipal de Ciencias en Santiago del Estero, en 1930.

Primer Premio Regional de Folclore otorgado en 1945, por la Comisión Nacional de Cultura, Zona Centro.

Obtiene en 1962 el Primer Premio Regional de la Dirección General de Cultura de la Nación. Zona Centro.

En forma resumida se ha detallado las partes más destacada de la vida y obra del Dr. Orestes Di Lullo, pero quien ocupa el sitial que lleva su nombre quiere citar de una forma muy especial la excelente  publicación de “El bosque sin leyenda, ensayo económico-social”[9], en la cual describe en forma minuciosa la vida que transcurría en los obrajes  y la sacrificada vida de los hacheros en el bosque santiagueño. En esta obra se refiere en la forma que el bosque era desvastado, y las distintas labores que el hachero hacía en la explotación forestal (el talado, rodeada, etc.) y como era esquilmado  en su salario en dos vías por el pago con vales  y que tan solo podían ser usados en la proveeduría del obrajero en la cual éste hacía su agosto cobrando valores muy superiores a lo normal por los productos que suministraba. En esa obra también muestra su preocupación en forma implícita de  la ecología al hacer referencia a la degradación del bosque, que era aprovechado en forma irracional sin tener en cuenta el ecosistema como un todo y su capacidad de  recuperación. En este libro describe al  obrajero extrayendo los productos del bosque como  si se tratase de una explotación minera y no como un recurso natural renovable, dado que, a éste solo le interesaba la obtención del  máximo  lucro en  el momento, sin considerar el legado que se le debe dejar a las generaciones futuras.

Consideraciones finales acerca de la trayectoria de Di Lullo

            Analizando la labor desarrollada por Di Lullo podemos apreciar al médico aplicado e investigador, que según Maidana (2009), estudió medicina por haberle prometido a su madre en su lecho de enferma que estudiaría esta carrera. Luego surge su interés por el Folclore de tierra adentro y a desentrañar a través de ello los sentimientos del hombre del interior provincial. Cuando se dedica al folclore y a la historia prácticamente abandona la medicina, para dedicarse de lleno a estas nuevas actividades, que reparte entre la organización del Museo Histórico, el Instituto de Lingüística y a dejar por escrito sus investigaciones sobre estas temáticas.

            Maidana (2009) lo recuerda como un hombre pulcro en su vestir de acuerdo a la usanza de la época y que emanaba de su persona por su sola presencia respeto. Modestamente debo confesar que coincido con Maidana, dado que a fines de la década de los años 70 del siglo pasado en oportunidad de visitar al Arquitecto Carlos M. Gómez Alvarez en Villa la Punta, caminando por la Villa nos encontramos con Di Lullo y fuimos presentado por Gómez Alvarez, la impresión que  me causó fue de un hombre de fuerte personalidad y que su persona infundía respeto

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MAXIMIO S. VICTORIA (M. A.VICTORIA)

POR LOS CAMINOS DE MAXIMIO SABÁ VICTORIA

María Adriana VICTORIA*

No conocí al “tío Maximio”, como solía referirse mi padre (Manuel José Victoria), a quien admiraba. Pero sí sé, de su pensamiento y obra, tanto por él, como por su propio hijo (Marcos) y  otros educadores e historiadores, lo cual me permite, en parte, reconstruir su vida.

Nació en Villa Graneros, provincia de Tucumán, el 2 de diciembre de 1871, en “una aldea colorada” como lo señaló el propio Maximio[1], población cercana a La Cocha, antigua parada de carretas y diligencias que unían Córdoba a Tucumán. El llamado camino real, que conducía hacia Bolivia al norte y hacia Córdoba al sud. Hijo de Marcos y Tadea Correa, tuvo varios hermanos: Marcos, Agustina, Gerónima, Crecencia, Ofelia, Vidal, Rita, Rosa y el inseparable Manuel José (luego Ingeniero Civil, mi abuelo). Maximio  falleció en Buenos Aires, el 24 de junio de 1.938.

Maximio Victoria, que de niño escuchó leer “Recuerdos de Provincia” de Sarmiento, supo leer y escribir antes de iniciar sus estudios primarios en Graneros, lo cual le sirvió para que, al ingresar en la escuela, lo ubicaran en el grado superior y fuera nombrado con el título de “monitor”, por el Maestro  Pedro Etchevehere, nombramiento luego ratificado por el Consejo Provincial, desempeñándose como tal, “en una escuela lancasteriana de tipo criollo y, con un sueldo mensual, de diez pesos fuertes”[2], cuando tenía solo doce años, pero con la gravedad y la madurez de un hombre.

El precoz didacta, que de niño hacía de hermano y maestro, en 1884, cuando se aprobó la ley nacional n° 1420, descubrió su destino; encontró su vocación y, no le asustó, el “ser esclavo de sus propios ideales”. Lector asiduo de argentinos como Estevan Echeverría, José Mármol, Guido Spano, Bartolomé Mitre, Juan María Gutiérrez, Olegario Andrade o españoles como Gustavo Adolfo Bécquer y Ramón de Campoamor.

Ubicado en el pescante de la diligencia, al lado del cochero, partió de su natal Graneros, a la ciudad de Tucumán, en diciembre de 1883. Es que, quería ver con sus  propios ojos, cómo era esa provincia, cuyo mapa había señalado a sus discípulos. Su destino, era la Escuela Normal de Tucumán, fundada por Avellaneda en 1875; escuela que más tarde dirigió Paul Groussac.

Para ingresar a dicha escuela, rindió con los programas redactados por Jorge A. Stearns, su fundador y, en 1884, fue admitido en el último grado de la escuela primaria, destacándose entre sus compañeros. En 1887, recibió el título de “maestro” y, por ser el mejor alumno, lo becaron  para estudiar en la Escuela Normal de Paraná, de la provincia de Entre Ríos, donde obtuvo el título de “profesor”.

Para ello se trasladó en tren, en febrero de 1888, desde Tucumán hasta Rosario y, luego en el  barquito “Aurora”, surcó el Paraná hasta la ciudad del mismo nombre, para así llegar a la Escuela, creada en 1870; escuela queinició “el proceso de institucionalización del normalismo en nuestro país”, ya que “hasta entonces los requisitos para acceder al ejercicio de la práctica eran inexistentes o de escasa capacitación”[3].

Por ese entonces, la Escuela Normal de Paraná[4], estaba bajo la Dirección del joven Alejandro Carbó, adonde rindió un examen oral y escrito de cuatro horas de duración, con un severo tribunal presidido por el propio Carbó, integrado por Leopoldo Herrera, Ernesto Bavio y la Srta. Amy Elizabeth Wales, ilustre pedagoga norteamericana, traída por Sarmiento. Luego, firmó el compromiso de la beca, cuyo estipendio se haría efectivo, después de iniciadas las clases, con el que también ayudó a su familia.

De Carbó, aprendió entre otras cosas, que no se puede enseñar moral, si no se es un ejemplo viviente de conducta moral. Y, con los textos de pedagogía de José MaríaTorres, Victoria aprobó los fundamentos del arte de enseñar.

Atrás dejó la Biblioteca, conferencias y actos públicos de la Sociedad Sarmiento su hogar espiritual, en Tucumán, con la lectura de “La Educación Popular “, “La Cautiva” y con los pasajes de “Facundo”, comprendió que la “tarea del educador se identifica con la entera vida del luchador”. Por ello se decía: “educar es luchar, luchar contra la ignorancia del niño o el analfabeto adulto; contra los prejuicios del populacho, contra la pobreza de los presupuestos, contra la cháchara circunstancial de los demagogos, fueran abogados, médicos o ingenieros cuando se meten  a directores de educación y hablan sobre lo que ignoran……”[5].

Con los “Primeros Elementos de Educación” de Torres, Victoria, junto a otros compañeros (Víctor Mercante, Benicio López, Porfirio Rodríguez, Manuel Astrada, Juan Octavio  Gauna), aprendió el arte de enseñar y que Jean J. Rousseau, Johann Friedrich Herbart, Johann H. Pestalozzi, Friedrich Fröebel y Horacio Mann, le habían facilitado el fundamento de tal doctrina. Las ideas de Torres, fueron decisivas en la formación del bagaje pedagógico del normalista adolescente. Así, la pedagogía de Torres y la “Educación Popular” de Sarmiento, se conjugaron en el alma del aprendiz, para acuñar su vocación”[6], a la par que leyó entre otras obras, las dos historias de Bartolomé Mitre, la de Manuel Belgrano y José de San Martín, “Las Bases” de Juan Bautista Alberdi, “Fuerza y Materia” de Luis Büchner, la obra de José Manuel Estrada.

Y, de la mano de su maestro Pedro Scalabrini, entró en el “positivismo” de Augusto Compte, al leer “Pholosophie Positive”, sin dejar de recurrir a la lectura de Imanuel Kant, Michel de Montaigne, François Rabelais, Jean-Jacques Rousseau, Jean Antoine Condorcet.

Victoria era delgado, erguido, alta frente, mediana estatura, voz varonil, reservado, parco en sus expresiones, alegre, seguro, modesto, discreto, extremadamente guardado; observador y reflexivo desde niño, interesado por todo, miraba sin pestañear, fuerte carácter, con el orgullo de hombre libre, tenía fe en su razón, sin temores contra la adversidad, en conflicto con la religión, de fulminante rapidez al adversario en la palabra. Siempre entendió que la “buena conciencia es la inflexible conciencia moral, brújula de su existencia”[7].

En 1890, ya con el título de “profesor”, con una carta de presentación de Carbó, ante un pedido del Director de la Escuela Normal de Santiago del Estero, llegó a la ciudad de Francisco de Aguirre. Pero, a pesar de sus antecedentes de alumno distinguido y títulos, el Director consideró que era demasiado joven (solo diecinueve años), para desempeñarse como “Regente”. Fue entonces cuando, las autoridades provinciales, que frecuentemente empleaban personal sin título, por no haber otro, llamaron a Victoria y le ofrecieron un cargo de “Vocal inspector”. Y esto le sirvió para recorrer la paupérrima campaña de Santiago, sin viáticos, caminos ni diligencias[8].

En el comienzo de 1891, al cambiar las autoridades de la Escuela Normal de Maestros, en Santiago del Estero, fue nombrado “Regente” y catedrático de “Práctica Pedagógica”, por lo que abandonó su agotador trabajo, para ser “formador de Maestros”. Junto a su condiscípulo Gauna, redobló su actividad a favor de la “Unión Cívica Radical” y, acompañado de otros, firmó el acta de fundación de la “Biblioteca Sarmiento”, en su condición de Presidente de la “Sociedad Literaria Coronel Borges”.

En Santiago, tuvo colaboradores y descubridores sostenedores en sus futuras empresas educativas[9]. Pero, un nuevo destino se abrió ante sí: Curuzú Cuatiá (Corrientes);  así es que, en 1894, fue designado Director de la “Escuela Normal Popular” de Curuzu Cuatiá y el “positivismo” lo unió a Alfredo Ferreyra y, una vez mas, a Scalabrini.

En 1897, rindió el concurso de “Inspector General de Escuelas”, en Tucumán. Aprobó sin mayor esfuerzo, con un fallo por unanimidad, hizo honor a su actividad docente y cultura; luego fue designado “Regente” y “Profesor en la Escuela Normal”. Dictó conferencias sobre “Filosofía y Positivismo”, piedra de desencuentros con los sectores clericales, lo que le valió el calificativo de “masón”. Y en diciembre de 1897, fue exonerado por el entonces Ministro de Educación, por sus ideas[10].

A posterior, fue designado Regente en la Escuela Normal Mixta de Esperanza, Santa Fe y, en 1898, recibió un telegrama del Gobernador de la provincia de Santiago del Estero, Don Dámaso Palacios, quien le ofreció la Presidencia del Consejo General de Educación de la Provincia, adonde se desempeño hasta 1900. Y así, Victoria, junto a otros normalistas, presentó  un "Plan de Estudios para las Escuelas Públicas de la Provincia de Santiago del Estero" (3 de enero de 1899). Con antelación Victoria, hizo lo propio, para la provincia de Tucumán, entre cuyos fundamentos se mencionaron los "resultados generales de la investigación pedagógica"[11]. Durante su gestión, en 1899, incorporó la primera mujer como vocal del citado organismo: Francisca Jacques, quien ejerció la vicepresidencia en algunos momentos[12].

La labor de Victoria en Tucumán, posibilitó que durante su desempeño, a cargo de la educación provincial, formara un núcleo de discípulos de Comte entre el magisterio y, la de su discípulo Ramón Carrillo, que estaba consolidando otro núcleo entre los maestros santiagueños. Sin olvidarse de los correligionarios de Paraná, en donde las enseñanzas de Comte, eran difundidas en la Escuela normal.

Dirigió la escuela Normal de Paraná (1906 - 1924)[13], escuela pionera del “normalismo argentino” y en 1915, como Director, encabezó la oposición al “catolicismo social” como “normalismo laico”[14], [15].

Creada la  Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales de la Universidad del Litoral, fue designado en 1920, en las cátedras de “Pedagogía” e “Historia de la Educación” y, en 1931, nombrado interventor[16] de dicha Facultad.

Además, se desempeñó como “Inspector General de escuelas”, en la provincia de Buenos Aires, donde implantó el concurso profesional e introdujo nuevos métodos e ideas. Presidió el Consejo Escolar n° 11, en la Capital Federal.

Fue uno de los defensores de la escuela pública argentina y el más valiente defensor. Por ella, por la escuela laica, libre de dogmas e influencias políticas, luchó toda su vida.

Creó escuelas en todo el país. Actualmente, llevan su nombre diversas escuelas en Argentina[17] y, también hay calles que lo recuerdan[18].

Fue un visionario educador, que allá por el año 1.900, creó una escuela de oficios, con la idea de dar salida laboral, a un sector de la población.

Perteneció a la pléyade de insignes educadores que, aun sustentando postulados que, por su disparidad, colisionaban – Amadea Jacques, Onésimo Leguizamón, Osvaldo Magnasco, Pedro Goyena, Miguel Navarro Viola, entre tantos - brindaron una batalla enaltecedora en la época que, sin dudas, se puede calificar como la “edad de oro” de la instrucción pública en nuestro país. Y no obligados por ninguna ley ni reglamento, sino sólo guiados por el “eros pedagógico”, diseminaron ética y saberes, en la totalidad del suelo patrio[19].

Ensayista y educador, de tendencia “positivista”[20]. Autor de diversas obras, guardadas en la Biblioteca Nacional de Maestros, entre otras: 1) Las grandes vidas: Augusto Comte (1898). Tucumán: Imprenta y Encuadernación “La Argentina” de Pérez y Alca. 2) Orientaciones de la educación argentina (1907). EN: Archivos de pedagogía y ciencias afines. Tomo 2. Buenos Aires: Talleres de la Casa Jacobo Peuser, pp. 248-256; 3) El gobierno de las escuelas normales EN: Archivos de pedagogía y ciencias afines. (1912). Tomo 10. Buenos Aires: Talleres de la Casa Jacobo Peuser, pp. 113-130; 4) ALVAREZ, Agustín. VICTORIA, Maximio S. (1917) Educación moral: tres repiques. La cultura Argentina. 5) Análisis positivo de la plegaria (1930). 6)  Los orígenes del catolicismo y de la eucaristía. (1936). Editor: Talleres gráficos La Vanguardia. También prologó y tradujo del francés diversas obras[21].

En Argentina, el “positivismo” influyó poderosamente[22] y, fue visto, como un “instrumento de orden, constructivo”[23].

Victoria, desarrolló una acción progresista, en emprendimientos comunes, con los socialistas tucumanos, razón que le valió la referida exoneración, de la Dirección de Escuelas de Tucumán.

El mandato de la Ley de Educación del 3 de octubre de 1887, en Santiago del Estero, preveía la redacción de una revista "de espíritu amplio", dirigida al personal de enseñanza[24]. A solicitud de Victoria, por ese entonces “Director General de Escuelas” de dicha provincia, conforme a lo dispuesto, en sesión del 6 de diciembre de 1898, el Consejo General de Educación, autorizó la solicitud, fundándose la “Revista Anales de Educación”, como órgano del Consejo"[25].

La mencionada revista se publicó entre febrero de 1899 y diciembre de l900, fueron quince números, con una periodicidad irregular, a veces mensual, bimestral, cuatrimestral, de distribución gratuita, para el personal docente y comisiones escolares de la provincia y, debía incorporarse como colección al Archivo de las escuelas.

En la Memoria de la Dirección General de Escuelas (1898-1900), Victoria da cuenta de la fundación de “Los Anales”, como una revista "de informaciones y de propaganda...que ha aparecido durante dos años- habiéndosela suprimido en el año en curso (1901), por haberse suprimido del Presupuesto la partida de Impresiones"[26].

En dichos Anales, con visible optimismo el Director Victoria enunció, entre los "Propósitos" de la publicación, el trabajo en pos de "coordinar los elementos sociológicos del Estado: religión, gobierno, educación, familia, territorio, lengua, industrias y comercio" y, lanzó una convocatoria a los hombres de buena voluntad, para que a través de este medio difundan: "la ciencia útil, la virtud real, las ocupaciones honestas, el arte excelso"[27], [28], [29].

En el marco del surgimiento y consolidación de políticas públicas de educación, que en el discurso se expresaban como de Instrucción Pública, la gestión 1898-1901, llevó a cabo un proceso de reforma normativo, del currículo, de jerarquización de las escuelas, de profesionalización del personal docente, de edificación escolar, que significaron cambios en el largo proceso de escolarización, iniciado unas décadas antes.

Desde una perspectiva crítica se ha considerado a “Los Anales de la Educación”, como difusora del "orden normalizador", propiciado por el Estado, con una función “homogeneizadora y de disciplinamiento”, de quienes se transformarían en agentes de un Estado, que modelaba de esta forma a los servidores públicos[30].

La iniciativa del grupo que acompañó la gestión de Victoria, al frente del Consejo de Educación, y que se plasmó en la revista referida, incorporó a Santiago del Estero,  a un movimiento de reforma de la educación, extendiéndose por otras provincias.

Los redactores se consideraban reformadores, y concordaron en sus discursos,  en la necesidad de transformar una realidad educativa que oponía grandes obstáculos a sus proyectos. Por un lado, otorgaron preeminencia a la sección oficial, con su voluminosa documentación, que trasuntaba la voluntad de formar un cuerpo técnico, con conocimiento de las leyes, reglamentaciones y resoluciones, por otro lado, la publicidad de los actos de gobierno se relacionaba con el ideal republicano, de conformar ciudadanos partícipes de la cosa pública.

Se destaca la reforma de la ley de educación y de la ley de renta escolar, la sanción de un nuevo Reglamento General de Escuelas y el Plan de estudios primarios. "El impulso educacional era estimulado por el Consejo de Educación bajo la presidencia del profesor Maximio S. Victoria" y así, la cuestión educativa estaba imbuida por el “positivismo liberal”[31].

Por otra parte, entre junio y diciembre de ese 1898, vió la luz la revista “La Filosofía Positiva”, dirigida por Margarita Praxedes Muñoz y, con la participación de destacados colaboradores nacionales y extranjeros. Entre los primeros, el propio Victoria, Enrique de Santa Olalla, Felipe Senillosa, Luis Mohr, José Ingenieros, Alfredo Palacios y otros. Entre los extranjeros, referentes positivistas como los franceses Juan Francisco Robinet, Ernesto Delbet y Paul Ritti y el chileno Juan Lagarrigue. En su breve, pero intensa vida, esta revista, fue la caja de resonancia de una serie de procesos políticos nacionales e internacionales [32].

Otra Revista en la que Victoria colaboró fue “Estímulo y defensa”, cuyo primer número salió a la calle el 15 de abril de 1903 y logró publicar cuarenta y seis números.  Se presentó como una revista quincenal, órgano de la “Sociedad Magisterio Santiagueño”, que con su imprenta propia y con ayuda de suscripciones y publicidad vivió, de 1903 a 1905[33].

 “Estímulo y Defensa”, reprodujo conferencias pronunciadas en centros liberales por Maximio Victoria y Alfredo Ferreira, que versaron sobre el positivismo comteano matizado con la aristocracia del espíritu, el culto a los héroes y los ideales de Carlyle y Guyau, sin perder de vista a Charles Darwin y a Herbart Spencer. La revista fue un importante pasador de posiciones ideológicas y literarias, correspondientes al centenario, donde positivismo y nacionalismo se cruzan, en una propuesta escrita, que reforzó las conferencias desplegadas por la Sociedad del Magisterio[34].

Fue fecunda, laboriosa y patriótica la pluma y la vida de Maximio Victoria. Abrió nuevos rumbos y señaló nuevas vías a la educación de la niñez y la juventud argentinas[35]. Por sobre todas las cosas, fue un honesto docente por vocación, consecuente con sus pensamientos y creencias, anteponiendo el bien común de la sociedad.

Pero, todo eso no pudo haberlo hecho solo. Ello fue posible, gracias a su esposa, con quien se casó el 8 de abril de 1899, compañera de toda su vida: Rita Latallada de Victoria, considerada fundadora de los jardines de infantes en Argentina, figura emblemática de la educación inicial en el país. Mujer dotada de una personalidad excepcional, según los biógrafos[36], con quien tuvo 3 hijas mujeres (María Laura, Nické y Rita) y dos varones. De estos últimos, Marcos, médico psiquiatra, radicado en Buenos Aires, ensayista, profesor universitario, de proficua labor y  Virgilio, médico oculista, profesor universitario, radicado en Tucumán, luego en Buenos Aires.

Maximio Victoria, fue el “documento viviente de la liberación de una conciencia y de la lucha de toda una vida por enseñar a liberarse a sus conciudadanos”, de lo cual deriva su “valor cívico y su irrefutable valor moral”[37].

Por ello, la elección de su nombre para el sitial que ocupo en la Academia de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, ya que Maximio Sabá Victoria, para mí, más allá de los lazos de sangre que me unen, como para muchos otros, fue un ejemplo de vida, con sus aciertos y errores, como todo hombre, pero consecuente con sus ideas. Vivió como pensó, predicó y enseñó. Así murió, dejando su ejemplo y enseñanzas, por los polvorientos y, a veces, olvidados caminos de la geografía argentina.

 

*Doctora en Ciencias Jurídicas y Sociales. Académica de número de la Academia de Ciencias y Artes de la provincia de Santiago del Estero. Académica correspondiente de la Academia de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba, Argentina. Docente investigadora de las Universidades Nacional y Católica de Santiago del Estero. Ex Directora de Proyectos de Investigación del CONICET. Miembro del Comité Científico de la Unión Mundial de Agraristas Universitarios (Italia). Miembro del Comité Ejecutivo del Comité Americano de Derecho Agrario y del Instituto Argentino de Derecho Agrario. E mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. 

[1]VICTORIA, Maximio. Los orígenes del catolicismo y de la eucaristía. (1936). Editor Talleres gráficos La Van-guardia.

[2]Ibíd.

[3] SGOIFO, Marta Graciela.  La revista "Los anales de la educación" (1899-1900).  http://www.fundacioncultural.org/revista.

[4]La Escuela Normal de Paraná fue anclaje civilizatorio dentro del proyecto de organización nacional, como centro irradiador de maestros competentes a todo el país. Sus dimensiones propias: normativa, cultural, jurídico-político, y propiamente pedagógica, se constituyeron en una historicidad particular que atravesó un momento genético, un momento de crisis y un momento de estructuración orgánica. CARLI, Sandra. (1993). Modernidad, diversidad cultural y democracia en la historia educativa entrerriana (1833-1930). EN: La Educación en las provincias y territorios nacionales (1887-1943). (186).Buenos Aires: Galerna.

[5]  Victoria solía repetir: “no he nacido para rico. Mientras viva, mi riqueza será mi biblioteca. El hombre con riquezas materiales, no duerme pensando que las puede perder, en que sus patacones de plata o sus monedas de oro le van a ser arrebatadas”. VICTORIA, Marcos. (1973-1975). Vida de un Maestro. Buenos Aires: libro inédito.

[6]Sarmiento le daba el ejemplo de una vida de combate, la doctrina de la educación en una democracia. Torres, le enseñaba los métodos, las técnicas docentes, el perfil de la futura escuela popular argentina.  Ibíd.

[7] “Era un hombre de acción, constructor o destructor según lo exigieran sus ideales y las cambiantes circunstancias”. , “Creía en sus ideales, en su triunfo final, estaba seguro de que la causa de la enseñanza laica y de la liberación espiritual de la infancia se impondrán…”. Ibíd.

[8] Para ello, contrató dos caballos, un peoncito, casi de su misma edad, a quien él le enseñaría a leer y escribir a cambio de que le enseñara quichua Y, acompañado de la “Gramática quichua” del Padre Mossi, la citada obra de Compte y “El porvenir de la ciencia”, de Renán, se lanzó a la aventura pedagógica. La voz anónima de la gente agradecida, fue  el mejor premio a su labor y “soño absorvido por la fiebre del trabajo”. Ibíd.

[9] Entre otros se destacan: Juan P. Besares, Ramón Carrillo, M. Moreno Saravia, Ramón Díaz, Absalón Rojas, Pedro García, Olegario Noriega, Antenor Ferreyra, Antenor Álvarez, José Santillán, Martín Uriondo, Federico Lannes, Francisca Jackes. Ibíd.

[10] Victoria, fue acusado de haber pronunciado conferencias sobre el positivismo de Augusto Compte, de convertir a las aulas en centros de propaganda de ateos, de haber ordenado la adquisición de una colección de libros para que se distribuyan en las escuelas, dedicados a la instrucción y formación de Maestros y alumnos, obras como las de Mariano Moreno, Sarmiento, Echeverría, Alberdi, Mitre, Vicente Fidel López. Se le atribuyeron ideologías y convicciones que no compartía (masón), aunque estimó: que “ser masón, después que lo fueron San Martín, Bartolomé Mitre, Sarmiento y Eduardo Wilde, no es ningún pecado. Mas bien alto honor…”. Para esto, que el Ministro se olvidaba, de la ley que imponía la “neutralidad religiosa” y la dirección que dominaba el pensamiento pedagógico en Argentina, de esa época.  Recordada es la frase que Maximio Victoria, le dijo al entonces Ministro de Educación de la Provincia de Tucumán, ante la solicitud de su renuncia: “ … Mi conciencia es el respeto hacia la conciencia ajena, sea del maestro, sea del alumno. Escuche bien Sr. Ministro. Ni mi renuncia ni la cara de Dios las verá jamás”. La noticia causó asombro en los círculos culturales de la ciudad, pero ningún miembro integrante del Consejo de Educación se solidarizó con él. La  Sociedad Sarmiento, le ofreció su tribuna y el 16 de mayo de 1895, dio su conferencia, sin la menor queja o crítica a las autoridades de la provincia. Fue una amplia, objetiva, minuciosa, exposición del positivismo de Comte, como doctrina filosófica y como credo social. Así, la Sociedad Sarmiento, brindó un homenaje a la valentía y a la integridad de aquél Maestro de maestros. En 1904, la conferencia fue publicada por dicha entidad en “Tucumán  Intelectual”.VICTORIA, Marcos. (1973-1975). Vida de un Maestro… Op. Cit.

[11] Los estudiosos de la educación señalan que, en la etapa de consolidación, la elaboración sistemática de planes y/o programas estuvo asociada a proyectos de reforma de la instrucción pública, entre ellos, los de mayor significación, fueron los correspondientes a los años   1898/99 y 1903/04. SGOIFO, Marta Graciela. Estado, educación y género en los orígenes de la formación docente de Santiago del Estero. Fundación El Colegio de Santiago del Estero. http://elcolegiodesantiago.com.ar/ponencia_2004

[12] SGOIFO, Marta Graciela.  (2008). Políticas públicas de educación en santiago del  estero y diferencias genéricas (1872- 1914). Revista digital de Población, Estado y Sociedad n° 4  (Vol IV). Santiago del Estero. Argentina. http://:ar.geocities.com/revista

[13] PONCE, Fernando. Para conocer la Escuela Normal. El Diario on line. Año 14 edición n° 1587. Paraná, Entre Ríos, Argentina. http:www.eldiario.com.ar

[14]Victoria, reaccionó con un informe dirigido al Consejo General de Educación, contra las críticas del Obispado, señalando que la “escuela normal era una institución creada, sostenida, fomentada por leyes nacionales, arraigada profundamente en el organismo cultural del país, combatida todo el tiempo por la iglesia, denigrada por un escritor extranjero y calumniada por un novelista católico” (Galvez). CARLI, Sandra. Modernidad, diversidad cultural y democracia en la historia educativa entrerriana (1833-1930)…Op. Cit. p. 222-223.

[15] Y, en una oportunidad señaló que “durante veinte años la Escuela (Normal) enseñó la “caligrafía angulosa inclinada”, con muy buenos resultados y, en los últimos cinco años, ensaya la “letra vertical”, con éxito dudoso”. VICTORIA, Maximio S. (1910). La Escuela Normal de Paraná en 1910 (Informe Anual). Buenos Aires, Compañía Sudamericana de Billetes de Banco. VICTORIA, Maximio. (9/8/1915). Informe de la Dirección sobre los hechos denunciados.

[16] En 1929, por ley nacional n° 1597, se creó en Paraná la Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales como organismo independiente de la Universidad del Litoral creada por ley n° 10861 y, la Escuela Normal de Paraná pasó a ser Escuela Normal de Maestros, anexa a la Facultad. La nueva Facultad era definida como “escuela de profesorado” y “centro destinado al estudio de las humanidades”, tránsito sumamente conflictivo, que llevó posteriormente a su supresión en 1931. La Facultad fue reemplazada por la Escuela Normal Superior (1931-1932) y, ésta a su vez, por el Instituto Nacional del Profesorado Secundario. El “positivismo normalista”, acentuado durante la gestión de Victoria, fue cuestionado por las “corrientes escolanovistas” que irrumpieron en el ámbito universitario. CARLI, Sandra. Modernidad, diversidad cultural y democracia en la historia educativa entrerriana (1833-1930)…Op. Cit. p. 225-228.

[17] Entre ellas, en: 1) Provincia de Buenos Aires: Escuela EGB n° 84 “Maximio Victoria”, de la ciudad de La Plata. 2) Ciudad capital: Escuela primaria n° 2  de jornada completa “Maximio Victoria, del Barrio Vélez Sársfield, ciudad de Buenos Aires. 3) Provincia de Entre Ríos: Escuela EGB 3 nº 24 “Maximio Victoria”, de Paraná; Escuela n° 25 nivel medio Prof. “Maximio Victoria”, de Paraná; Escuela EGB1 y 2 E inicial “Maximio Victoria”, del barrio Toma Nueva, Paraná; Escuela Provincial nivel inicial, nº 52 “Maximio Sabá Victoria”, del Departamento Federal. 4) Provincia de Santa Fe: Escuela nº 48 “Maximio Victoria”, de la ciudad de Santa Fe. 5) Provincia de Santiago del Estero: Escuela Piloto n° 1 “Maximio Victoria”,  Nivel Polimodal,  Centro experimental n° 4 Maximio Victoria, Fernández. 6) Provincia de Tucumán: Escuela de Formación Profesional  Maximio Victoria, de La Cocha.

[18] En La Cocha (Tucumán) y en la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca.

[19] CABELLO, Ángel Gregorio. (2000, octubre).  Aproximación a Francisca Jacques. Servicio Educativo 31, República Argentina. Espacio Latino. http://letrasurguay.espaciolatino.com

[20] http//:www.acanomas.com/Diccionario-Espanol.

[21]Tradujo, entre otras obras: Appel Aux Conservateurs (1855), una de las últimas obras de Compte. Citado por CASTURELLI, Alberto. (2001). Historia de la Filosofía en Argentina (1600-2000). Ciudad Argentina, p. 431.

[22] Aquí se destacaron tres grandes grupos: 1) El de los llamados “positivistas sui generis o pre-positivistas” (Sarmiento, Alberdi y Echeverría). 2) El grupo de la “llamada Escuela de Paraná”, de formación comtiana, que influyó en el campo educativo a través de las escuelas normalistas (Pedro Scalabrini, Alfredo J. Ferreira, Ángel C. Bassi, Maximio Victoria, Leopoldo Herrera y Manuel Bermúdez). 3) El  grupo de la “Universidad de Buenos Aires”, donde se combinó el positivismo comtiano con el inglés, especialmente Spencer. Este grupo se destacó por la aplicación del “criterio científico” y del “principio de la evolución a los diversos problemas políticos, administrativos y educativos”, que se le plantearon. El positivismo, también tomó en Argentina, el carácter de un “liberalismo avanzado y socializante” (José Ingenieros y de Juan B. Justo), que en política, pertenecieron al “Partido Socialista Argentino”. El segundo combinó el evolucionismo de Spencer con el marxismo, formando las bases teóricas del partido socialista citado. ZEA, Leopoldo. El pensamiento latinoamericano. http://www.ensayistas.org/filosofos/mexico/zea/pla/0-5.htm

[23] La filosofía positiva trató de ser, en nuestra América independiente, lo que la escolástica había sido en la colonia: “un instrumento de orden mental”. Quienes enarbolaron esta doctrina, trataron de realizar algo que no había sido posible hasta entonces, a pesar de la emancipación política: la “emancipación mental”. Ibíd.

[24] Textualmente, en el Cap. VII, al fijar las atribuciones del Director General, en el art. 48 inc. 82, se disponía: "Dirigir una publicación periódica en que se inserten todas las leyes, decretos, reglamentos, informes y demás actos administrativos que se relacionen con la educación primaria; como asimismo los datos, instrucciones y conocimientos tendentes a impulsar su progreso". SGOIFO, Marta Graciela.  La revista "Los anales de la educación" (1899-1900… Op. Cit.

[25] La mencionada revista se publicó entre febrero de 1899 y diciembre de l900, a través de quince números, con una periodicidad irregular, a veces mensual, bimestral, cuatrimestral. En el número uno, se establecía que la publicación sería de distribución gratuita para todo el personal docente y comisiones escolares de la provincia y, que debía ser incorporada al Archivo de las escuelas, en forma de colección. Ibíd.

[26]   Ibíd.

[27] La revista tenía como destinatario al personal docente. La provincia, si bien ya había iniciado el proceso de formación docente profesional mediante la creación de escuelas normales nacionales (una de varones y una de mujeres), solo contaba con cerca de la mitad de maestros/as con "diploma" en ejercicio. Por lo tanto, una de las estrategias para resolver el problema de la falta de maestros idóneos fueron las Conferencias Pedagógicas y la publicación de Los Anales. Ambas pretendían fundamentarse en la ciencia pedagógica. En su edición número uno enunciaba como programación las siguientes secciones fijas: 1. Redacción y colaboraciones. 2. Traducciones, transcripciones, resúmenes de trabajos de carácter científico, industrial o artístico. 3. Revista de revistas de su género. 4. Sección oficial documentos, informes, estadística escolar, memorias, resoluciones,...). 5. Bibliografía. 6. Sección Práctica (lecciones, modelos, observaciones, experimentaciones, etc.). 7. Sección noticiosa e informativa. Ibíd.

[28] La redacción estuvo a cargo de inspectores, en un primer momento del Secretario Ramón Carrillo y luego, en la mayoría de los números publicados, de Medardo Moreno Saravia. En los que no se menciona al redactor, solo se consigna Director General de Educación y Secretario, Maximio S. Victoria y Santiago Lugones, respectivamente. En cuanto a los traductores solo se enuncian a Demetrio Méndez y Rita Latallada de Victoria (esposa de Maximio Victoria). Ibíd.

[29] En las páginas iniciales de cada número de “Los Anales”, que generalmente llevan la firma de su Director, se desarrollan una serie de cuestiones que se identifican como los lineamientos de la política educacional del gobierno de Dámaso Palacio (algunos de cuyos discursos se publican), a cargo de un equipo de normalistas bajo la dirección de Victoria. En su discurso pedagógico, convoca al personal docente a la acción civilizadora, al trabajo en pos de la instrucción pública, cuestión privilegiada durante dicho período. Difunde, en coincidencia con el lema de quienes regían el orden conservador a nivel nacional, conceptos claves (paz, administración, orden y progreso). Esos ideales solo podían hacerse posible mediante la institución escuela, definida "casa del pueblo, línea neutral adonde converjan los nobles propósitos de cada vecindario, casa de alegría, de paz y de amor para los educandos, gabinetes de observación adonde ellos vayan a observar, clasificar, experimentar los fenómenos de la naturaleza,...centros de estudio.. lugares públicos..." La influencia de los principios de Comte y del evolucionismo spenceriano están presente en su interpretación del mundo como el de un organismo que evoluciona regido por leyes positivas, la consideración de los hechos como fenómenos, que pueden ser explicados por la ciencia, la fe en el progreso indefinido, etc. Ibíd.

[30] Se publicó el conjunto de iniciativas promovidas, tales como: el inicio de exposiciones anuales que los propios actores reconocieron como manifestación de la tendencia práctica y regional de la que eran partidarios y en las que participaban las escuelas de la ciudad capital y "varias" de la campaña; la realización de excursiones; la creación de la oficina de Estadística Escolar; la propuesta de creación de escuelas ambulantes y de escuelas de Artes y Oficios para niños y niñas, de una escuela de agricultura, de escuelas para obreros, y/ o dominicales, de telegrafía, el proyecto de Fiestas Mayas, la propuesta de creación de jardines de infantes, el fomento de la formación de sociedades protectoras de la educación y de bibliotecas, chacras y museos escolares...convirtieron a la revista en fuente valiosísima de conocimiento del saber pedagógico de los sujetos que intervenían en la gestión educativa, así como de la cultura de la sociedad de su época. Ibíd.

[31] ALEN LASCANO, citado por    SGOIFO, Marta Graciela.  La revista "Los anales de la educación" (1899-1900)…. Op. Cit. 

[32] Esta pequeña publicación positivista apoyó la campaña del Comité Liberal orientado por Felipe Senillosa para enviar un petitorio pidiendo la separación de la iglesia y el estado a la convención constituyente reunida en Buenos Aires ese año. También, reflejó la actividad y la lucha ideológica que distintos grupos de educadores comtianos o afines venían llevando adelante, desde espacios de poder acumulados en el área educativa, de distintos gobiernos provinciales. En ese orden, mantuvo intercambios con la revista “La Escuela Positiva”, de Corrientes, órgano oficioso de la Dirección de Escuelas de esa provincia en donde actuaba un grupo comtiano inspirado por Alfredo Ferreira y Ángel Bassi. También celebró la designación del joven escritor socialista Leopoldo Lugones como Inspector General de Escuelas y denunció la exoneración del comtiano Maximio Victoria de su cargo como “Director de Escuelas” de la provincia de Tucumán, fruto de presiones del clero sobre el gobierno de esa provincia. La destitución del inspector general de escuelas de Tucumán (1989, mayo 30). EN: LFP, pp. 8-14, citado por DE LUCIA, Daniel Omar. Visión del alba y el ocaso, del siglo XX ante la condición humana. Margarita Praxedes Muñoz. CECIES. Pensamiento Latinoamericano y alternativo.  http://www.cecies.org/

[33] En su programa, hizo un llamamiento a las “intelectualidades santiagueñas de fuera y dentro de la provincia”, llamado que se hacía desde el gremio de maestros, y desde un medio que vino a incorporarse al “periodismo” lugar que reunía a la inteligencia local. El fin de esta convocatoria fue realizar una propaganda a favor de la escuela, para poder llevar cultura a una sociedad amenazada aún por la barbarie. La revista estaba dirigida por Ramón Díaz y tuvo como otros colaboradores en 1903, además de Maximio Victoria a: Francisco M. Viano, Pablo Lascano, Héctor Aliaga Rueda, Rodolfo Arnedo, Pedro Almonacid, Baltasar Olaechea y Alcorta, , Francisca Jacques, Ramón Carrillo, Manuel Cáceres, Antenor Ferreira, José Santos, Rainerio Lugones, Fransisci Sicardi, Guillermo Correa, Ricardo Rojas, Víctor Mercante, Alfredo Ferreira, Ramón Cordeiro, y D. Contreras López, resaltando la copiosa colaboración de docentes mujeres que escribieron sobre temas educativos. Tuvo corresponsales en Salta, y Tucumán, y apoyó a la Asociación Nacional del Profesorado y su filial en Santiago “Estímulo y defensa”, fue el instrumento de difusión de las ideas que pregonaron los docentes nucleados en la Sociedad Magisterio Santiagueño (Ramón A. Díaz, Andrés Chazarreta, Francisca Jacques, Alfredo Ferreira, Pedro Llanos, Vicente Zuloaga, Antenor Ferreira, Federico Lannes, Ramón Carrillo, Juan Besares, José Santos, Domingo Contreras López, y Pedro Almonacid, entre otros intelectuales). Sociedad Magisterio Santiagueño nació en 1900, fue una asociación cultural liberal que tuvo como principal objetivo el de difundir el “positivismo y el laicismo”, reforzando la tarea que la escuela por la misma senda ideológica realizó en la sociedad, por lo tanto la revista fue una de sus armas de divulgación. GUZMÁN, Daniel. (2006, 7 de abril). Historia de las publicaciones culturales de Santiago del Estero. La revista de la Sociedad Magisterio Santiagueño. El Liberal. Noticia de Archivo. http://www.elliberal.com.ar/secciones.php.

[34] Ibíd.

[35] ZUBIAUR, J. B. (1897, junio). Libro excursiones escolares. Paraná. http://www.bnm.me.gov.ar/ebooks/reader

[36] http://www.eldiadegualeguaychu.com.ar/portal/index.

[37]VICTORIA, Marcos. (1973-1975). Vida de un Maestro. Prólogo,… Op. Cit.

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María Mercedes Tenti

Primeros años

El papel de las mujeres argentinas en el siglo XVIII, inmersas en una sociedad patriarcal, era, sin dudas, de un rol subordinado: se dedicaban a las tareas del hogar y se preparaban para el matrimonio.  No podían tomar decisiones por sí mismas, ya que eran los hombres -padres, esposos o hermanos mayores- los que lo hacían por ellas. La cultura imperante por entonces determinaba los modos de conducirse y de relacionarse, según el género.

Los espacios de sociabilidad de las mujeres eran reducidos: el hogar doméstico, las reuniones familiares, la concurrencia a la iglesia. La educación estaba restringida a unas pocas, sólo a las pertenecientes a familias de la élite, quienes accedían a los estudios elementales en sus propias casas, de la mano de algún familiar o de un maestro particular.    

La niñez de María Antonia de Paz y Figueroa, nacida en Santiago del Estero en 1730, no varió respecto de la de muchas niñas de su edad. Hija del maestre de campo Francisco Solano de Paz y Figueroa y de Andrea de Figueroa, su niñez transcurrió en la encomienda de indios de su padre, seguramente correteando por las tierras de Silípica, jugando con sus hermanas y con los hijos de los nativos que integraban la encomienda paterna. Ello no fue impedimento para que recibiera una esmerada educación, poco frecuente por entonces.

Siendo adolescente, su familia se estableció en la ciudad y allí la joven María Antonia comenzó a visitar la iglesia de los jesuitas, con quienes empezó a colaborar en la preparación de los ejercicios espirituales, que se impartían en el antiguo convento.  Inmersa en estas funciones, a los quince años adoptó la túnica negra como vestimenta, en calidad de beata de la compañía. No era precisamente una monja ya que, por entonces, no había, en Santiago del Estero, religiosas de vida activa. Su consagración a Dios se dio a través de un voto íntimo y personal, como una forma de religiosidad laica.  A partir de entonces, su función fue ayudar a los sacerdotes, enseñar el catecismo a los niños, coser, bordar, repartir limosnas y cuidar a los enfermos.

Las prácticas benéficas le permitían, junto a otras mujeres de vida consagrada –siempre en forma privada-, desarrollar nuevos roles que la ponían en contacto con otros sujetos sociales, incluidos los provenientes de sectores populares, y salir de la esfera doméstica a la que estaban relegadas las mujeres por entonces. En ella primaba el amor, la paciencia y la entrega, tras el ejercicio del apostolado que había elegido por vocación.

Las beatas vivían en comunidad, sin votos de clausura, colaborando con las tareas de los jesuitas. Generalmente, tomaban el nombre de algún santo, por ello, María Antonia abandonó su apellido y adoptó el de María Antonia de San José. Consagrada como laica a la vida religiosa, adoptó como vestimenta el sayal negro de los jesuitas y, junto con sus hermanas en la religión, asistía a enfermos, auxiliaba a los pobres y colaboraba con los sacerdotes ignacianos en la preparación de los ejercicios espirituales, que realizaban periódicamente.

 

La expulsión de los jesuitas y el comienzo de su peregrinar

Cuando, por real orden del rey Carlos III, fueron expulsados los jesuitas, en 1767, quienes estaban bajo su tutela, no sólo temporal sino también espiritual, quedaron desamparados.  El poder alcanzado por la orden de San Ignacio se había tornado ‘sospechoso’ para la corona, que veía peligrar su autoridad. Los jesuitas habían logrado gran influencia entre la población americana, como consecuencia de la instalación de misiones, en zonas donde los blancos no tenían prácticamente acceso, y por el desarrollo de la educación entre nativos y criollos -con su impulso y sostenimiento-, a través de colegios, bibliotecas, universidades y verdaderos centros de investigación científica. Con esta drástica medida, el rey trataba de poner fin a su ascendiente, no solamente en el plano espiritual, sino también en los aspectos científico, cultural y económico.

Sus bienes, que eran muchos y valiosos (propiedades, ganados, esclavos, etc.), pasaron prontamente a manos privadas, diputados como botín de guerra. Los nativos abandonaron las reducciones y  muchos colegios cerraron sus puertas. Las bibliotecas -las de mayor valor en la colonia por la cantidad y variedad de volúmenes- fueron desarmadas y sus libros dispersados. Los ejercicios espirituales que organizaban los religiosos quedaron sin sus figuras rectoras y, como consecuencia, dejaron de realizarse.

Frente al abandono espiritual, María Antonia, que por entonces tenía 37 años, decidió tomar la bandera de los expatriados  y reinstaurar los ejercicios, antes de cumplido un año de su expulsión. Comenzó a transitar, de puerta en puerta, invitando a realizar los ejercicios, bajo la dirección de sacerdotes que la respaldaban y apoyaban. 

Los inició en su ciudad natal y, poco a poco, empezó a caminar los polvorientos caminos del campo santiagueño, expandiendo la práctica de los expulsos a través de los antiguos poblados que salpicaban el camino realSilípica, Loreto, Atamisqui, Salavina y Soconcho. No conforme con ello, decidió extenderlos por los pueblos del noroeste argentino, para lo que solicitó permiso al obispo del Tucumán, Juan Manuel de Moscoso y Peralta, para pedir limosnas por las ciudades principales de la gobernación,con el fin de solventarlos.

La presencia de los jesuitas, a pesar de la expulsión real, se sentía en los ejercicios organizados por la ‘mama’ Antula –como la llamaban cariñosamente en Santiago del Estero-, ahora no solamente destinados a los hombres, sino también a las mujeres, ambos provenientes de distintos sectores sociales. Casa por casa recorría pueblos y ciudades, invitando a las familias a sumarse a los ejercicios y pidiendo limosna para mantener a los ejercitantes.

Las prácticas se realizaban, en un primer momento, en casas particulares, donde los fieles permanecían diez jornadas, reflexionando y orando en comunidad, bajo la guía de un sacerdote. Durante esos días, los participantes se alimentaban con la comida realizada con alimentos donados por la comunidad y preparados por el grupo de beatas consagradas. Así, recorrieron las provincias de Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja.

A los ejercicios concurrían hombres y mujeres, por separado, sin distinción de clases sociales, participando unos y otras con sus criados y sirvientas. En 1777 pasó a Córdoba donde continuó con los ejercicios en la antigua iglesia jesuita, apoyada por Ambrosio Funes -luego gobernador-, con quien cultivó una larga amistad y un interesante epistolario y con quien compartía la admiración por la obra jesuítica.

 

María Antonia en Buenos Aires

Dos años más tarde llegó a Buenos Aires. No le fue fácil insertarse en la capital del virreinato. Tanto el obispo como el virrey se mostraron, en un principio, recelosos de estas mujeres, objeto de burlas, calificadas por algunos de locas o de brujas, como cuenta  María Antonia en cartas que escribió al padre Gaspar Juárez, jesuita santiagueño radicado en Roma, luego de la expulsión.

Tras nueve meses de espera, el obispo Sebastián Malvar y Pinto terminó aceptando su petición y, en agosto de 1780, se abrieron los ejercicios en Buenos Aires. Al principio asistían pocas personas hasta que, vencido el recelo, comenzaron a concurrir cada vez más, según lo relata la propia María Antonia:

"La gente se tira sobre esteras, colchas y colchones. Es necesario que su Divina Majestad y mi señora de Dolores me provean de habitación correspondiente a la multitud de almas que anhelan nutrirse con el mane que adquieren mediante las sabias cristianas reglas que nos prescribió San Ignacio. El alimento(…) lo da Dios muy sobrante, excesivo y sazonado, con que logro complacer a todas las que participan, quien a mas de esta dicha que logro no rehúsan mezclarse las señoras principales, con las pobrecitas domésticas, negras y pardas que admito con ellas"[1].

 

Las barreras sociales se rompían en la intimidad de los ejercicios. La concurrencia era cada vez más numerosa:

 

Hubo tandas de 200 personas y la Providencia fue tan generosa que diariamente sobraba para proveer comida a los presos de la cárcel y alimentar a los mendigos que concurrían a la casa. Conque a la vista de tanto beneficio, le alabo y le doy infinitas gracias”[2].

 

Por acción de María Antonia, la fiesta de San Ignacio, que había sido suprimida  en cumplimiento de las ordenanzas reales, fue restablecida después de diecinueve años. Su labor se desplegaba también en la atención de enfermos, visita a las cárceles y ayuda a los carenciados, con los sobrantes de la limosna que ella y las mujeres que la apoyaban pedían para sostener los ejercicios.  Según el obispo Malavar, en los primeros cuatro años de permanencia en Buenos Aires habían concurrido a los ejercicios unas 15.000 personas,

 

“…sin que se les haya pedido ni un dinero por diez días de su estada y abundante manutención (…) La gente viene desde la campaña, donde viven lejos de las parroquias y de los curas. Unos que nunca se han confesado, otros que en muchos años no lo han hecho, y todos con arrepentimiento verdadero, lloran sus miserias y hacen firmes propósitos de enmendarse. Y en todos se palpa el aprovechamiento espiritual"[3].

 

 

 Por ello Malvar dispuso que

 

"…ningún seminarista se ordenase sin que primero la Beata certificase la conducta con que se hubiesen portado en sus Ejercicios"[4].

 

 En ocasiones, fue el obispo el encargado de dar personalmente las pláticas. Asistían grupos -separados por sexo- y participaban de los ejercicios, conducidos por sacerdotes que confesaban y daban la comunión. María Antonia tenía la virtud de atraer a la gente, no solamente para participar de estos verdaderos ‘retiros espirituales’, sino también para colaborar con limosnas, que hacían posible el sustento de los participantes.

El virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, que en un principio objetaba la realización de estas prácticas religiosas, poco a poco cambió de opinión, no solamente por acción de la beata, sino también por influencia de la llegada del ex virrey de Lima, Manuel Guirior, cuya esposa asistía a los ejercicios con mucha humildad y devoción. Vértiz autorizó a María Antonia a trasladarse a la costa uruguaya para continuar su obra, costeándole el pasaje y yendo personalmente a despedirla. Permaneció tres años en territorio oriental -en Colonia y Montevideo- y dejó todo preparado para la instalación de una casa de ejercicios en Uruguay.

A su regreso a Buenos Aires -respaldada por varias mujeres que la ayudaba a atender a los ejercitantes, realizando labores domésticas y enseñando las primeras letras a los analfabetos-, inició una forma de organización religiosa destinada, precisamente, a mujeres que realizaban una vida en común, hacían votos privados, vestían la túnica ignaciana y obedecían a quien presidiera la casa, en este caso la propia María Antonia de San José.

Conseguida la donación de un terreno, y luego de sortear varios impedimentos, inició la construcción de un edificio, con beaterio para mujeres y un hogar anexo, refugio para prostitutas que querían cambiar su forma de vida. Enseguida comenzó la construcción de la obra y entró a funcionar la casa de Ejercicios, aún antes de estar la obra terminada. Allí, además de auxiliar en las prácticas  religiosas y en los ejercicios, las beatas cosían y bordaban ornamentos religiosos y hábitos para los sacerdotes, además de ropa para familias indigentes.

 

Su epistolario

Conocedores de la obra de María Antonia, por el epistolario que mantenía con los sacerdotes expulsados, en particular con el santiagueño Gaspar Juárez -residente en Roma-, los jesuitas hicieron traducir sus cartas a diversos idiomas (latín, francés, inglés, alemán y ruso) y difundieron su labor a través de un opúsculo titulado “El estandarte de la mujer fuerte en nuestros días”[5]. Su fama trascendió el virreinato para expandirse por Europa y Asia, al igual que sus prodigios.

Las cartas que María Antonia escribió al exjesuita Juárez, durante once años, se encuentran en el Archivo di Stato di Roma y fueron recopilados por Beguirztain. Alicia Fraschina analiza la cuestión autobiográfica en el epistolario de la beata, indagando cómo fue construyendo su ‘yo’, como ‘heredera’ de la Compañía, al tomar como objetivo de su misión el lema de los jesuitas “la mayor gloria de Dios y provecho de las almas” [6].

Por pedido del padre Juan Nicolás Aráoz, María Antonia escribió a Juárez narrándole con precisión su empresa: los lugares transitados, las mujeres que la acompañaban y los sacerdotes que daban los ejercicios. Su construcción autobiográfica, en realidad, no sólo está dirigida a los destinatarios de sus cartas, sino que trasciende el tiempo y el espacio, al ser traducidas a distintos idiomas y circular por diferentes países.

Complementa este epistolario, el que mantuvo Ambrosio Funes con el Padre Juárez quien, consciente de la importancia de la obra de María Antonia, instaba al cordobés a que

“…desde ahora  y me alegraría fuese una relación exacta desde cuándo comenzó su felicísima misión dicha Beata: con qué ocasión, con qué medios y auxilios de Dios y de los hombres: el número de Ejercicios que se han dado: y en qué partes: con qué fruto particular: o qué conversiones raras ha habido en dichos Ejercicios; qué contradicciones de los hombres, y qué trabajos personales ha padecido ella, etc., etc., etc., para que de esta suerte se pudiese formar aquí una carta edificante de que resultaría grande gloria de Dios y honor de nuestras Provincias Americanas; y de no poco crédito para en delante de dicha Señora para autorizar más sus misiones, y si alguno de sus confesores o directores de conciencia enviase también por escrito un testimonio de algunas cosas particulares suyas, a que ella diese primero licencia, y declarase con humildad de espíritu  y sinceridad de corazón, sería muy acertado y daría mayor realce para dicha carta edificante”[7] .

 

El fruto de las cartas de Funes a Juárez, fue El estandarte de la mujer fuerte, opúsculo anónimo, verdadera hagiografía de la beata –descripta como una heroína-, a quien el autor compara con los apóstoles, santos y figuras bíblicas, aunque la describe, también, según la concepción de mujer, vigente en la época:

 

“…mujer de edad avanzada, ignorada, pobre, sin poder, sin crédito, sin autoridad, sin talentos en apariencia, y aún casi sin razón (…) es el imán, la veneración y aprecio de cuantos la oyen y miran pues en ella está el dedo de Dios  acreditando el imperio de los débiles”[8].

 

María Antonia, en su construcción personal de la vida jesuítica, apeló también a imágenes mediadoras, puestas en evidencia durante las celebraciones o en su vida diaria: el Nazareno, que sacaban en procesión por las calles de Buenos Aires los jueves santos; su Manolito –un cristo niño sobre la cruz- que llevaba al cuello y al que atribuían capacidad milagrosa[9]; la virgen de los Dolores, imagen de María presenciando la muerte de su hijo, que perteneció a la antigua Compañía de Jesús, y San Cayetano, ‘santo de la providencia’, cuya veneración inicia en la Argentina.

 

Muerte y legado

El 7 de marzo de 1799, a los 69 años, María Antonia de San José murió en Buenos Aires. En su testamento  dio cuenta de sus actos y dejó encomendado, expresamente, que una mujer debía hacerse cargo del gobierno económico de la Casa de Ejercicios. Con ello dejaba sentadas las bases de lo que fue, más adelante, la congregación de Hijas del Divino Salvador. Sus restos se encuentran sepultados en la iglesia de la Piedad. En 1905 se inició el proceso de beatificación y canonización y hoy todavía se espera, de  la Santa Sede, su aprobación. En mayo de 1929, Pío XI la declaró venerable.

La primera ‘rebelde’ santiagueña, consiguió dignificar el papel de la mujer, cumpliendo funciones vinculadas culturalmente a la maternidad, en las que primaban el amor a Dios y a sus semejantes -en particular a los más necesitados-, la entrega, la paciencia y el brindarse en esta misión, que derribaba barreras sociales, ya que se preocupaba también por los pobres, los presos y las prostitutas y, a la vez, le permitía cumplir su apostolado.  Supo también relacionarse con el poder político y religioso, papel que hasta  entonces sólo desempeñaban los hombres, sin dejar de lado los rasgos femeninos que la sociedad de la época le asignaba a las mujeres.

Si bien los roles que desempeñaron las beatas fueron prolongación de los tradicionales, el grupo tuvo que aprender otros, nuevos para las mujeres de entonces, relacionados con aspectos legales, contables, etc. Sin lugar a dudas, y mirado desde una perspectiva histórica, María Antonia contribuyó a consolidar el papel de la mujer como sujeto social, de allí que se reafirma su denominación de “primera rebelde santiagueña”.

 

Bibliografía

Barbero, Estela (2002): Mª Antonia de Paz y Figueroa. La mujer fuerte; Fundación Mater Dei, Rosario.

Blanco, José (1942): Vida documentada de la Sierva de Dios María Antonia de la Paz y Figueroa fundadora de la Casa de Ejercicios de Buenos Aires, Amorrortu,  Buenos Aires.

Beguiriztain, Justo (1933): Apuntes biográficos, cartas y otros documentos referentes a la sierva e Dios María Antonia de la Paz y Figueroa; Baiocco; Buenos Aires.

Bruno, Cayetano (1970): Historia de la Iglesia en la Argentina; V. VI; Don Bosco. Buenos Aires.

Fraschina, Alicia (2004): “La cuestión autobiográfica en el epistolario de María Antonia de San José, Beata de la Compañía de Jesús,  1730-1799”, en Congreso internacional del monacato femenino en España, Portugal y América, 1492-1992, Universidad de León.

Gorostiaga Saldías, Leonor ((2008): María Antonia de Paz y Figueroa. La Beata de los Ejercicios (1730-1799): Dunken, Buenos Aires.

Miglioranza, Contardo (1989): María Antonia de Paz y Figueroa, La beata de los ejercicios; Misiones franciscanas conventuales; Buenos Aires.

Olaechea y Alcorta, Baltasar (1909): Vida religiosa de Santiago del Estero, Santiago del Estero.

Tenti, María Mercedes (28 de marzo de 1999): La primera rebelde santiagueña,María Antonia de Paz y Figueroa” en  El Liberal; Santiago del Estero.

Tenti, María Mercedes (julio 2002): “La beata de los ejercicios: María Antonia de San José” en El Liberal, Santiago del Estero.

MARÍA MERCEDES TENTI

Doctora en Ciencias Sociales (Historia). Profesora e investigadora de las Universidades Católica y Nacional de Santiago del Estero. Libros: La industria en Santiago del Estero, El movimiento obrero santiagueño en la gestión presidencial de PerónHistoria de Santiago del Estero desde los orígenes hasta el período ibarristaHistoria  de Santiago del Estero desde los primitivos habitantes hasta fines del siglo XIXLa reforma del Estado santiagueño. Posee numerosaspublicaciones especializadas sobre historia santiagueña, argentina y latinoamericana. Académica del Instituto Nacional Sanmartiniano y de la Academia de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, Miembro de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, de la Sociedad Argentina de Historiadores, de Historia a Debate, de la Sociedad Argentina de Historia de la Educación y de la Asociación Cultural Sanmartiniana de Santiago del Estero.

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MANUEL GÓMEZ CARRILLO (G.FREDIANI).

Sitial “Dr. Julio Olivera”

Academia Provincial de Ciencias y Artes de Santiago del Estero

Año 2009

Por Castor López (*)

 Al honor y la elevada responsabilidad personal que se derivan de pertenecer a la recientemente creada, hace muy pocos años, Academia Provincial de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, se le une la especial y afortunada circunstancia que el sitial ocupado lleve el nombre de “Dr. Julio Olivera”.

 Estimo que esta muy justa denominación debe, en realidad, ser considerada como un doble, simultáneo y sobradamente merecido homenaje a los meritos de dos grandes personalidades de nuestra provincia: Los doctores Julio Olivera, padre, ya lamentablemente fallecido, e hijo.

 Es muy escasa, al menos en el ámbito de las ciencias, la ocurrencia de una tan encumbrada notabilidad nacional e internacional congénita como resulta la de este caso, dichosamente ambas personalidades de origen santiagueño. En esta oportunidad y por una cuestión formal, me referiré solamente al Dr. Julio Olivera Santillán, el padre.

 Fue un santiagueño muy destacado, estudioso y pensador de los principios y fundamentos de la ciencia económica en general y de la teoría económica de las posibilidades de la complementariedad de las llamadas soluciones competitivas y cooperativas en particular.

 Nació en nuestra provincia, mas precisamente en la ciudad de La Banda, el 18 de agosto de 1898. Desde muy joven demostró una particular y profunda pertenencia a Santiago del Estero, la que lógicamente derivo en una sana y genuina propensión hacia la actividad política.

 En la cual, además de ocupar las mas altas responsabilidades partidarias en los órganos políticos de sus preferencias ideológicas, desempeño con marcada solvencia y honestidad el Ministerio de Gobierno, Justicia e Instrucción Publica e incluso, en una oportunidad, asumió la hidalga responsabilidad de ser candidato a Gobernador de nuestra provincia.

Convocado por el Gobierno Nacional en situaciones muy críticas para el país y siempre guiado por su elevada vocación de servicio a la Nación, fue nombrado Ministro General del Gobierno de la intervención federal en la provincia de Santa Fe en los difíciles años 1929 y 1930.

Pero no solo la política recepto sus meritorios esfuerzos. Vinculado a ella surgió también la pasión por el periodismo. Colaboro intensamente, con medulosos artículos de opinión política y científica, con los principales periódicos santiagueños de entonces, particularmente con el diario “El Liberal”, en el que escribió numerosos y notables artículos.

Incluso, fundo y dirigió el periódico local “El Fígaro”, dándose tiempo también para tener a su cargo en la provincia la corresponsalía del importante diario nacional de entonces “La Prensa”.

Pero tampoco ello agoto sus iniciativas y emprendimiento, la enseñanza a los jóvenes santiagueños fue otro de sus numerosos y simultáneos desvelos. Dicto muchas cátedras, todas ellas ligadas al pensamiento científico de la economía, en los cursos de los bachilleratos nocturnos del Colegio Nacional “Pueyrredón”, el primero de ese genero en Argentina y del que fue uno de sus fundadores.

También enseño economía general en el Colegio Nacional “Bartolomé Mitre”, en la Escuela de Comercio “Luis Agote” y en la Escuela “Mariano Acosta”, donde enseño la cátedra de Economía Política con particular dedicación personal. Estuvo entre los primeros profesores de la Escuela Argentina de Periodismo y tuvo a su cargo numerosos cursos de perfeccionamiento del Magisterio provincial, en el convencimiento del fundamental rol de la educación de los recursos humanos para el desarrollo provincial.

El Dr. Julio Olivera Santillán fue un apasionado propulsor del cooperativismo, en el que se destaco en el orden nacional. Trabajo incansablemente en la difusión de sus principios, tanto en la docencia como en la política, anticipándose brillantemente más de 50 años a lo que la teoría académica hoy denomina “las soluciones cooperativas”, como alternativas complementarias a las ortodoxas soluciones competitivas.

Así, tuvo el honor de ser designado para presidir la prestigiosa asociación cultural de cooperativismo “Casa de Rochdale”, entre otras instituciones provinciales y nacionales similares, muchas de ellas de carácter oficial de Argentina. Todas ellas siempre lo requirieron como miembro honorario.

Esta variada y extensa actuación intelectual se plasmo en alrededor de 1.000 artículos de opinión política y académica en diversos diarios, revistas científicas y publicaciones, que siempre denotaba en todos los casos, su fuerte compromiso personal con el mejor destino posible para nuestra provincia.            

Fue autor de numerosos libros y publicaciones, destacándose –por citar solo 2 de ellos- “Lecciones sobre el Ahorro” y “Diccionario de Economía y Cooperativismo”, textos que aun hoy conservan una asombrosa vigencia de validos principios y acertados criterios y conceptos económicos. A través de ellos, y muchos otros libros,  tuvo una amplia y fecunda trayectoria académica en el orden nacional.

Es así como resulta permanentemente recordado el Dr. Julio Olivera Santillán por sus numerosas camadas de alumnos, muchos de ellos actuales muy destacados docentes y profesionales de la economía, por su sabia y sutil combinación del imprescindible rigor académico de las ciencias exactas con la simpleza de la genuina enseñanza del conocimiento.

Como una natural consecuencia de su impecable y consistente lógica del pensamiento científico aplicado a la economía, fue uno de los pocos economistas de su época que, anticipadamente, infirió y expuso con sólidos argumentos racionales y pese en un generalizado contexto de humores y expectativas optimistas, la alta probabilidad de ocurrencia, como finalmente sucedió, de la crisis económica mundial de fines del año 1929, que derivo en la llamada crisis del año 1930.

El Dr. Julio Olivera Santillán impulso, casi hasta la perfección académica, el arte de la enseñanza de la ciencia económica. Disponía y administraba, con suma solvencia, su particular y muy desarrollado personal don de mantener siempre fascinados a sus numerosos y jóvenes auditorios de alumnos. La practica y la enseñanza de la ética y la honradez personal, junto a la necesaria honestidad intelectual, siempre acompaño a la enseñanza académica de la ciencia económica.

A la docencia la practicaba intercalando siempre un fino y oportuno humor en cada una de sus clases magistrales, incluso de los marcos teóricos de los más diversos temas de la economía general, aun cuando muchos de estos son generalmente sostenidos en complejos sistemas de ecuaciones matemáticas.

Fue un concienzudo lector e incansable investigador, un orador político y académico de palabra rigurosa, exacta, fluida y convincente. Siempre practico una reconocida ecuanimidad en todos sus juicios, siendo muy prudente en sus valoraciones. Fue un docente permanentemente respetuoso de las diversas personalidades de cada uno de sus alumnos.

Su muy valiosa obra educativa en nuestra provincia pertenece, debido a la modestia del saber que caracterizo su vida, a la especial categoría de aquellas que incrementan su valor e importancia de quienes la receptaron, cuando se consideran a través del tiempo.

La prueba empírica más evidente de su tarea de vida la dejo en su propio hijo, también santiagueño como se dijo, el Dr. Julio H. G. Olivera, destacadísimo actual hombre de excelencia científica internacional.

El Dr. Julio Olivera Santillán, siguió trabajando silenciosa y tesoneramente hasta el mismo día de su muerte, a los 74 años, el 4 de febrero de 1972. Su ejemplo queda inmortalizado.

(*) Castor Lopez

Ingeniero, postgrado de ingeniería en la Universidad de Buenos Aires.

Postgrados de Economía en las Universidades Torcuato Di Tella y Politécnica de Madrid, España.

Subsecretario de Obras y Servicios Públicos y Coordinación Económica de la Municipalidad de la Ciudad Capital de Santiago del Estero.

Profesor e Investigador en la UCSE y UNSE.

Presidente de “Recrear para el Crecimiento de Santiago del Estero” y de la Fundación “Alas 1857”.

Diputado Provincial por Recrear en el Frente Cívico por Santiago.  

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JULIO OLIVERA (CASTOR LÓPEZ)

Sitial “Dr. Julio Olivera”

Academia Provincial de Ciencias y Artes de Santiago del Estero

Año 2009

Por Castor López (*)

 Al honor y la elevada responsabilidad personal que se derivan de pertenecer a la recientemente creada, hace muy pocos años, Academia Provincial de Ciencias y Artes de Santiago del Estero, se le une la especial y afortunada circunstancia que el sitial ocupado lleve el nombre de “Dr. Julio Olivera”.

 Estimo que esta muy justa denominación debe, en realidad, ser considerada como un doble, simultáneo y sobradamente merecido homenaje a los meritos de dos grandes personalidades de nuestra provincia: Los doctores Julio Olivera, padre, ya lamentablemente fallecido, e hijo.

 Es muy escasa, al menos en el ámbito de las ciencias, la ocurrencia de una tan encumbrada notabilidad nacional e internacional congénita como resulta la de este caso, dichosamente ambas personalidades de origen santiagueño. En esta oportunidad y por una cuestión formal, me referiré solamente al Dr. Julio Olivera Santillán, el padre.

 Fue un santiagueño muy destacado, estudioso y pensador de los principios y fundamentos de la ciencia económica en general y de la teoría económica de las posibilidades de la complementariedad de las llamadas soluciones competitivas y cooperativas en particular.

 Nació en nuestra provincia, mas precisamente en la ciudad de La Banda, el 18 de agosto de 1898. Desde muy joven demostró una particular y profunda pertenencia a Santiago del Estero, la que lógicamente derivo en una sana y genuina propensión hacia la actividad política.

 En la cual, además de ocupar las mas altas responsabilidades partidarias en los órganos políticos de sus preferencias ideológicas, desempeño con marcada solvencia y honestidad el Ministerio de Gobierno, Justicia e Instrucción Publica e incluso, en una oportunidad, asumió la hidalga responsabilidad de ser candidato a Gobernador de nuestra provincia.

Convocado por el Gobierno Nacional en situaciones muy críticas para el país y siempre guiado por su elevada vocación de servicio a la Nación, fue nombrado Ministro General del Gobierno de la intervención federal en la provincia de Santa Fe en los difíciles años 1929 y 1930.

Pero no solo la política recepto sus meritorios esfuerzos. Vinculado a ella surgió también la pasión por el periodismo. Colaboro intensamente, con medulosos artículos de opinión política y científica, con los principales periódicos santiagueños de entonces, particularmente con el diario “El Liberal”, en el que escribió numerosos y notables artículos.

Incluso, fundo y dirigió el periódico local “El Fígaro”, dándose tiempo también para tener a su cargo en la provincia la corresponsalía del importante diario nacional de entonces “La Prensa”.

Pero tampoco ello agoto sus iniciativas y emprendimiento, la enseñanza a los jóvenes santiagueños fue otro de sus numerosos y simultáneos desvelos. Dicto muchas cátedras, todas ellas ligadas al pensamiento científico de la economía, en los cursos de los bachilleratos nocturnos del Colegio Nacional “Pueyrredón”, el primero de ese genero en Argentina y del que fue uno de sus fundadores.

También enseño economía general en el Colegio Nacional “Bartolomé Mitre”, en la Escuela de Comercio “Luis Agote” y en la Escuela “Mariano Acosta”, donde enseño la cátedra de Economía Política con particular dedicación personal. Estuvo entre los primeros profesores de la Escuela Argentina de Periodismo y tuvo a su cargo numerosos cursos de perfeccionamiento del Magisterio provincial, en el convencimiento del fundamental rol de la educación de los recursos humanos para el desarrollo provincial.

El Dr. Julio Olivera Santillán fue un apasionado propulsor del cooperativismo, en el que se destaco en el orden nacional. Trabajo incansablemente en la difusión de sus principios, tanto en la docencia como en la política, anticipándose brillantemente más de 50 años a lo que la teoría académica hoy denomina “las soluciones cooperativas”, como alternativas complementarias a las ortodoxas soluciones competitivas.

Así, tuvo el honor de ser designado para presidir la prestigiosa asociación cultural de cooperativismo “Casa de Rochdale”, entre otras instituciones provinciales y nacionales similares, muchas de ellas de carácter oficial de Argentina. Todas ellas siempre lo requirieron como miembro honorario.

Esta variada y extensa actuación intelectual se plasmo en alrededor de 1.000 artículos de opinión política y académica en diversos diarios, revistas científicas y publicaciones, que siempre denotaba en todos los casos, su fuerte compromiso personal con el mejor destino posible para nuestra provincia.            

Fue autor de numerosos libros y publicaciones, destacándose –por citar solo 2 de ellos- “Lecciones sobre el Ahorro” y “Diccionario de Economía y Cooperativismo”, textos que aun hoy conservan una asombrosa vigencia de validos principios y acertados criterios y conceptos económicos. A través de ellos, y muchos otros libros,  tuvo una amplia y fecunda trayectoria académica en el orden nacional.

Es así como resulta permanentemente recordado el Dr. Julio Olivera Santillán por sus numerosas camadas de alumnos, muchos de ellos actuales muy destacados docentes y profesionales de la economía, por su sabia y sutil combinación del imprescindible rigor académico de las ciencias exactas con la simpleza de la genuina enseñanza del conocimiento.

Como una natural consecuencia de su impecable y consistente lógica del pensamiento científico aplicado a la economía, fue uno de los pocos economistas de su época que, anticipadamente, infirió y expuso con sólidos argumentos racionales y pese en un generalizado contexto de humores y expectativas optimistas, la alta probabilidad de ocurrencia, como finalmente sucedió, de la crisis económica mundial de fines del año 1929, que derivo en la llamada crisis del año 1930.

El Dr. Julio Olivera Santillán impulso, casi hasta la perfección académica, el arte de la enseñanza de la ciencia económica. Disponía y administraba, con suma solvencia, su particular y muy desarrollado personal don de mantener siempre fascinados a sus numerosos y jóvenes auditorios de alumnos. La practica y la enseñanza de la ética y la honradez personal, junto a la necesaria honestidad intelectual, siempre acompaño a la enseñanza académica de la ciencia económica.

A la docencia la practicaba intercalando siempre un fino y oportuno humor en cada una de sus clases magistrales, incluso de los marcos teóricos de los más diversos temas de la economía general, aun cuando muchos de estos son generalmente sostenidos en complejos sistemas de ecuaciones matemáticas.

Fue un concienzudo lector e incansable investigador, un orador político y académico de palabra rigurosa, exacta, fluida y convincente. Siempre practico una reconocida ecuanimidad en todos sus juicios, siendo muy prudente en sus valoraciones. Fue un docente permanentemente respetuoso de las diversas personalidades de cada uno de sus alumnos.

Su muy valiosa obra educativa en nuestra provincia pertenece, debido a la modestia del saber que caracterizo su vida, a la especial categoría de aquellas que incrementan su valor e importancia de quienes la receptaron, cuando se consideran a través del tiempo.

La prueba empírica más evidente de su tarea de vida la dejo en su propio hijo, también santiagueño como se dijo, el Dr. Julio H. G. Olivera, destacadísimo actual hombre de excelencia científica internacional.

El Dr. Julio Olivera Santillán, siguió trabajando silenciosa y tesoneramente hasta el mismo día de su muerte, a los 74 años, el 4 de febrero de 1972. Su ejemplo queda inmortalizado.

(*) Castor Lopez

Ingeniero, postgrado de ingeniería en la Universidad de Buenos Aires.

Postgrados de Economía en las Universidades Torcuato Di Tella y Politécnica de Madrid, España.

Subsecretario de Obras y Servicios Públicos y Coordinación Económica de la Municipalidad de la Ciudad Capital de Santiago del Estero.

Profesor e Investigador en la UCSE y UNSE.

Presidente de “Recrear para el Crecimiento de Santiago del Estero” y de la Fundación “Alas 1857”.

Diputado Provincial por Recrear en el Frente Cívico por Santiago.  

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JUAN A. FIGUEROA (E. J. MAIDANA)

DON JUAN A. FIGUEROA

 En el atardecer el pedemonte languidece. Hay un ademán  de cortés despedida entre los pliegues del faldeo. El espacio que se disputan valles feraces y montes de módica alzada, sabe de nombres rotundos: Ascochinga, Sinsacate. A algunos los atravesaba el camino real al Alto Perú. Pero interesa Tulumba, fundada en 1794 por el Marqués de Sobremonte, ruta de carretas y regimientos que alborotaban silencios cansinos.

 Callejas de hondas soledades y aromas silvestres, tajeadas por el agua llovida, las anduvo  Santos Pérez  cabecilla de los matadores  de don Juan Facundo Quiroga, quien desoyendo a don Juan F. Ibarra, ni escolta aceptó. Era febrero, en 1835. Círculos de oscuras agorerías sobrevolaron el valle.

 Por  deturpación del híbrido aymara-quichua significa “de sus ancestros“. Para el historiador don Luis Calvimonte antiguos documentos llaman “tunumba” a  un cerro cercano[i] Don Juan A. Figueroa, nació ahí el 21 de agosto de 1864. Cada verano volvía a descansar y seguro se topaba con las sombras trágicas de aquel febrero. Calvimonte me dijo que un panteón magnífico de piedra-granito en ruinas, guarda los restos de Daniel Figueroa y su esposa doña Encarnación Moyano.

 

Tulumba, firme a   despecho de los siglos, evoca ancestros indios. Y de españoles que regresaban distintos: tenían el color, el acento y el modo Indiano: según Antonio Machado en el romance de Alvargonzález. La memoria sospecha de desaparecidos negros, reemplazados por cholos, luego mestizos, que desde el trasfondo adumbran y celan la identidad del criollo[ii].

 

Uno de éstos, don Juan tras la primera etapa, que a la sazón era la mocedad tirando a adultez, hilvanó trasiegos que lo llevaron a Rosario, Buenos Aires, Córdoba y estudiante secundario frustrado por la pobreza, comerciante en Quilino a invitación de su hermano mayor Ruperto al que imitó en el oficio de telegrafista, dice al pie de sus memorias: “24 de junio de 1886. Parto a establecerme en Santiago del Estero.” Su voluntad acordó  con el destino.     

 

Del escrito vuelan suspiros hacia Santiago. Pese al aura romántica, no era un sentimental: cenceño y de tenso vigor, en las fotos luce la estampa de un varón cabal. Época, de pagos soledosos y rudos, con aires de amena facilidad y duras exigencias que de tan naturales ni pesaban, y ni abrumaban si dolían, nada demoraba la hombría ni había melindres para aniñar mujeres. A los 22 años, ya un hombre, llegó con Ruperto.

 

Hacía dos años el gentío proveído por 15 mil vecinos, más los azorados paisanos venidos del campo, aplaudieron el tren que pelando silbos paró jadeante frente a la Casa de Gobierno. La ciudad que siglo y medio fue “menos que un cortijo” a punto de disolverse en la nada, según un gobernador, desperezaba escepticismos y se ponía de pie. ¡Había sobrevivido!    

 

En un reportaje al diario Crítica (1935), cuenta:

 

“Fui a Santiago del Estero a implantar el teléfono y a poco nomás tenía que meterme a periodista obligado por las circunstancias de que la agrupación política a la que pertenecía, la Unión Cívica Nacional, necesita un órgano de opinión. El comité de la juventud a la que yo pertenecía resolvió fundarlo y de ahí es que yo me puse al frente de la empresa.”  No pensaba ser periodista.

 

El 20 de setiembre, tres meses después, los Figueroa inauguraron el primer servicio telefónico. La tecnología prometida por la modernidad, asomaba.   En la mitad de la amplia casa construida en 1840 para los Taboada se alojaron ellos y su empresa, incorporándose a la política y la sociedad.

Dice Luis Alen Lascano:

“Santiago ya contaba con los elementos mecánicos de la nueva era. Afin a esas transformaciones la firma Juan y Ruperto Figueroa instaló el servicio telefónico local, favorecido por una subvención legislativa destinada a estimular el servicio. Acordaba la suma de 150 pesos mensuales durante cinco años, a cambio de facilitar veinte aparatos sin cargo que la empresa ponía al servicio de las oficinas gubernativas.”[iii]

Modernidad que convocando con su victorioso Laicismo, proponía una Reforma a nombre del Liberalismo. En la Nación formalmente constituida, la Patria debía acabar la incipiente estructura del Estado, según empezó en 1853 y que en nuestro muy local des-tiempo insobornable, escampaba de a poco entre tropelías sin propósitos de enmienda.

 

La Reforma inglesa parió una aristocracia con lo confiscado a la Iglesia, que limitó al Rey e inventó el parlamentarismo[iv]. Veamos los efectos: la inglesa olvidó a los pobres y campesinos que quedaron sin amparo, y entre nosotros el pobrerío sin valedores que los protegieran y les dieran identidad, tan pocas veces  halló solución en el liberalismo fagocitado por el capitalismo, que ni siquiera se acuerda de que alguna vez lo hallara. También remedó una aristocracia rica, con pujos institucionales, y, en verdad,  con empeños  de nobleza.

 

Entonces en España se hablaba de institucionalidad e instituciones. La escuela de Giner de los Ríos troquelaba institucionistas. La Racionalidad debía ser faro  y lente de la ciencia y la técnica. En su nombre, agnósticos y ateos aventajaban turnos a las  puertas abiertas para los libre-pensadores, de la mano de Comte con sus dogmas y ritos: que en Brasil tuvo una iglesia, papelón del que la Argentina se salvó.

 

Alexis Carrel, académico francés, converso  al catolicismo en Lourdes, lo publica firmando “Lecarrac” para evitar la exclusión de sus pares. E Ignacio Leep, francés, militante marxista, filósofo en universidades rusas, converso y luego jesuita, en 1962, resumió así la cuestión: “hay dos monstruos gemelosel laicismo y el clericalismo.”[v]

 

Las sociedades secretas explican el auge de la masonería orientada a  la cultura y el  poder: iniciación, aceptación y juramentos,  típicamente religiosos, para atravesar el peligroso campo de la política, en su caso con quienes adoraban la nueva deidad, abstracción imponente que éramos todos y nadie: la Humanidad, desde sus respectivas funciones estatales en el servicio público y la cultura. Exagerando, Jorge A. Ramos dijo que los jesuitas eran al cristianismo lo que la masonería al liberalismo[vi].    

 

Don Juan fue masón.  Copia el acta de la tenida del 21 de julio de 1860 en la que reciben el grado 33: el presidente Derqui, Mitre, Sarmiento, Gelly y Obes y Urquiza. Actores del drama de la escisión porteña que radicaliza las ideas aludidas en nombre de Dios sin religiones (discurso de bienvenida), que el interior rechaza en nombre de la religión con Dios. Quizás en la evolución de Figueroa y los Castiglione desde El Liberal,  comenzó la síntesis cultural que nos debemos.   

 

En la “casona de hombres solos”,  calle Buenos Aires 46, hoy en ruinas, se gestó parte de nuestra historia. Allí, reitero, fue a vivir don Juan ¿por mitrista ferviente o por masón o por las dos circunstancias? ”

 

Don Héctor D. Argañarás, evocó esa casona:

 

“De fiesta estaba la casa

la casa del 46

de la calle Buenos Aires,

en aquel noviembre tres…”

 

Entre los papeles a los que tuve acceso gracias a  su nieta doña Cristina Sánchez Figueroa, hay  el borrador  de un discurso leído por él en una sesión masónica, que parece fecharse en 1920:

 

“…un gran acontecimiento nos reúne en este lugar, y es la iniciación de tres hermanos que si bien no son funcionarios públicos, son hombres meritorios y útiles, que llenos de fe y fortaleza se incorporan a la Logia Voluntad para trabajar por los altos destinos (…) quiero aprovechar para robustecer nuestro vínculo y nuestra alta influencia, recordando que la Masonería es una orden moral fundada en principios laborales, en el amor a sus semejantes y en la caridad”.

 

Un trabajo del Dr. José F.L. Castiglione dice:

 

“Toman en locación la mitad de la amplia casa, se vinculan con gente representativa de la sociedad, de la política y el comercio y abrazan como bandera de militancia cívica la que distinguía a los mitristas. La persecución política no hizo concesiones ni a estos hombres, obligándoles a vender a precio vil la empresa telefónica.”[vii]  

 

Don Juan cuenta a Crítica:

 

“Siempre será curioso decir que esa aventura revolucionaria nos costó la pérdida de la telefónica, pues el oficialismo nos echó encima una nueva empresa, llenándola de auspicios y facilidades, así como mandando que se abonaran las oficinas públicas. La empresa se vendió 17 años después por 160.000 pesos.”

 

¿Error de memoria o de imprenta? esta cifra corregiría a Castiglione, sino hubiese sido una gran fortuna: 400 sueldos de gobernador, y la familia no recordare que nunca fueron ricos

III.

De 1886 a 1898 es tiempo de adaptación para don Juan: no es fácil entender y acomodar índoles. Llegó a mitad del sangriento proceso que arranca con la caída de Los Taboada que erraron en las presidenciales apostando a Elizalde y Mitre. Santiago sufría la revancha cruel  a manos de Sarmiento y de Nicolás Avellaneda. Vendrá la primera intervención federal: vejado aquí Absalón Ibarra dos veces gobernador, sin un cobre se suicidaría en Buenos Aires; por los montes corridos los Taboada. Antonino murió pobre en Tucumán.

 

Ayuda a conocer el personaje entender su tiempo. Saber que el pringue sucio que chorreaba en la política caía a la vida social, como lo advirtió Francisco Vivanco, diputado cordobés:

 

“En Santiago el antagonismo existe no porque las instituciones sean vetustas, sino porque la organización social es atrasada y la constitución que los rige les hace arrugas por todas partes. Los ciudadanos sólo saben forjar y manejar las armas (…) Como tipo social, Santiago es de una organización primitiva. Los habitantes viven una vida simple, monótona, homogénea, reducida y no han llegado por lo tanto a la heterogeneidad que caracteriza a las civilizaciones modernas”[viii].

 

Sobre la revolución don Juan dice a Crítica:

 

“Fue contra la clausura del comicio decretada por el oficialismo de la época (José Domingo Santillán). La revolución triunfó pero el presidente Figueroa Alcorta dispuso la inmediata reposición del gobernador depuesto. Sin embargo el movimiento tuvo consecuencias saludables porque anuló al candidato oficialista Luis G. Pinto, viniendo en su reemplazo el Dr. Dámaso Palacio una alta figura de la política de aquella época.”

IV

La réplica de los Taboada a Sarmiento trazando el ferrocarril por Frías, fue comprar acciones y contratar el 25 de julio de 1870 con el Ferrocarril del Gran Chaco para una línea de Santiago a Esperanza y al Paraná; 1876/78, gobernando el presbítero Baltasar Olaechea y Alcorta se otorgaron beneficios fiscales a Pedro Saint Germain para su ingenio azucarero. Datos indicadores de un proceso que urgía exportar[ix].

 

La edad agrícola y civil coincide con Absalón Rojas (1886/1892), etapa en la que Luis Alen Lascano ve una “refundación” de la ciudad-provincia. No del aire en ese período de 1875 a 1898, surgen treinta periódicos y hojas diversas. La imprenta era noble mensajera o arma temible. El Liberal, cuyo primer ejemplar don Juan A. Figueroa remató a cuatro pesos en el patio de la “casa del 46” la tarde del 3 de noviembre de 1898, pudo haber sido una hoja del viento político. Fue su primer director el Dr.  Ramón Castro. El asesinato del diputado nacional Pedro García y la intervención federal al gobernador Adolfo Ruiz trajeron a  Manuel J. Aparicio del diario La Nación, que escribió el primer editorial.

 

Los periódicos y hojas de El Guardia Nacional (1859) a El Norte (1941) superaron con holgura los 200: para José Castiglione fueron el doble los no documentados. La tertulia seria y la camaradería festiva de la “casa de hombres solos”, quedo atrás. Tres periódicos: Unión Nacional, La Provincia y La Época salían con El Liberal y resumían los temas de acaloradas confrontaciones.

 

Sarmiento-Alberdi discutieron la prioridad que para uno eran los derechos civiles y para el tucumano los políticos. Liberal era, entonces, sinónimo de magnanimidad, desprendimiento, es decir grandeza, nada tenía que ver con el abuso. Cuando la  Modernidad embistió contra los límites que resistían desde la religión, por ejemplo, sustituida por la razón, la ciencia y la técnica, trinidad con rango casi idolátrico, el liberalismo pasó a significar lo ilimitado.

Don Juan bautizó el diario según su militancia y la fe libertaria de su fervor, identificada en Mitre. Que de porteño cerrado pasó a nacionalista y sus contrarios de federales se asumieron porteños para enfrentarse no como adversarios sino enemigos fieros. Laicismo y clericalismo a veces ciertos y otras pretextos,  alimentaban los diarios. En los 40, el obispo Rodríguez y Olmos,  procuró editar uno para esa lucha de ideas.

Ese 1898 la convención reformadora local propone separar Estado- Iglesia: tema de tan ajeno, extraterrestre. El afrancesamiento armó un zafarrancho.  El Liberal asumió la militancia de su nombre poniendo a prueba el sentido ético personal y republicano de don Juan, que sin saberlo fue  creando un linaje, del que supe recibir testimonios directos. Si Modernidad (y Positivismo) se reputan religiones, hay conflictos. Y creo que, en general, y según conozco, no fue el caso extremo de don Juan y El Liberal.

La muerte de Mitre en 1906 a quien don Juan llamaba “hermano” disolvió al mitrismo y lo dejó en libertad; y  la asonada de 1908 clausurando el pasado militante habilitó una empresa. Que trajinando esta sociedad organiza el primer torneo de futbol en 1909 y propicia la Liga Cultural, don Juan preside el Tiro Federal y el Aero Club, está en la creación de la Federación de Sociedades Vecinales. A su muerte, Emilio Cartier lo destacó en el deporte. 

Y esto de la estirpe surge de una vocación acendrada. Que se hace vida. No es mero título, es una identidad. Figueroa y los Castiglione, sobre todo lo veíamos en José que de aquel aprendió, vivían el diario. “La tinta entra a la sangre”, sentenciaban viejos maestros: se hace latido, y sin duda la pena de las vigilias insomnes se redimen al alba en la paz de la conciencia. Tensa sumersión cotidiana en la cambiante realidad. De mentes abiertas, porque desconectados del pasado nos congela en la niñez, según Cicerón.

 

Jorge L. Borges lo dice:

 

“No soy quien te engendra. Son los muertos

Son mi padre, su padre y sus mayores;

…………………………………….

Y llegan, sangre y médula, a este día

del porvenir, en que te engendro ahora.”[x]              

 

Por la crisis, y a los 65 años don Juan buscó transferir El Liberal a quienes podían continuarlo. Al prolongarse en él, alargaba en el tiempo su estirpe. Que no viene del linaje, sino de las virtudes. Somos, al cabo, sangre de muchas sangres y tiempos sin cuento de edades. El diario, su hijo, era también su padre. Quedaba en él y se iba. Privilegió su obra y trascendió, gesto al que llamamos de grandeza. Los seguirían honrando “los hombres de esta Casa”, que por tales éramos tenidos.

Sombras, ausencias y llantos. Enero, 1929. En la cena, calmo y pausado habló a su esposa y a quienes estaban de sus hijos y sus cónyuges: dejaba el diario. Quería que ElLiberal siguiera. Superado lo ocasional político, y afirmado en tres décadas de trabajos,  privaciones y peligros, lo había trascendido. Cabeza blanca, acentuado el perfil aquilino, enjuto y fibroso, mirada honda, su voluntad cruzó espadas con el destino como encrucijada.

Al llegar a El Liberal en 1949, advertí la presencia de don Juan en los  Castiglione, Bernardino Sayago e Hipólito Noriega; de Enrique Almonacid también iniciado bajo su dirección y de Pedro Vozza Solá, amigo de Enrique, hombre de Crítica primero y de Clarín en esos años; y del viejo José Luna, jefe de armadores, que con el Dr. José, de igual a igual sostenían “peleas” memorables.  

Vivió junto al diario. Sayago dijo que lo despertaba y adormecía la “música” de la rotoplana.  La llegada de su esposa doña Tránsito Martínez, abría la celebración de los aniversarios. La estirpe que fundara,  continuaba en periodistas cuyo natural respeto por las ideas y creencias,  acogió con afecto mi juvenil disidencia. Amilanaba esa casi impaciencia de emulación en una épica cuyo desafío se esperaba, y mientras, se la vivía extremando el decoro intelectual y la honradez de las conductas.

En el ritmo de la impresora fluía la vida, y en la voz y prisa de los canillitas se iba él mismo. El diario envejece cada noche, es amigo que pasa: anoticia, amonesta, comenta, entrega ideas y risas, a veces agrada y otras disgusta, y sigue. Vestido de olvido, desaparece en la primera esquina, guardado se otoña para gozo de unos pocos. Su misterio de taller y fragua, es decir de estrépito y vida (o su morbo), cede a la resignación de no ser aquel que vino.

Lo supe frontal, de una pieza,  sereno, festivo, casi oriental con su cuerpo y el trabajo. “Frente amplia, estrellada, su rostro se ensanchaba en sus pómulos descarnados. Sus ojos de tormenta estaban llenos de relámpagos. Tez pálidamente iluminada, firme nariz de capitán, ligeramente aguileña (…) Cuando yo lo conocí, sus ojos eran dulces, pero ardían en repentinos fulgores”, según Octavio Amadeo[xi]. Atrás quedaron intentos de asesinato: en uno lo hirieron a quemarropa, los duelos aceptados y librados, la cárcel con la que abonó  la libertad del periodismo: su valentía cívica[xii].

Con importantes lecturas en sus memorias la prosa es precisa y correcta. Las ideas al uso lo embanderaban. Se fue haciendo, acomodando creencias y lecturas a la cultura local. Entregado El Liberal el 16 de febrero de 1929, volverá a la política con el partido Reformista en 1930 y, elegido por la Federación de Sociedades Vecinales presidirá el Concejo Deliberante. Las colectividades extranjeras entramaban. El italiano don Francisco Giuliano, quien con molino, lagar y quesería unió el agro con la industria, avaló el traspaso del diario.

Por la crisis, dicen las cartas que he leído, le fue duro guapear al Dr. Antonio que piloteó la empresa, tanto que en 1934 le entrega a don Juan su casa de la Avda. Moreno 469, tasada por el Banco Hipotecario en 40.000 pesos como parte de la deuda y le ofreció un terreno lindero con la casa del Dr. José, en la 24 de Setiembre. Cartas que trasuntan el respeto y admiración de unos y la gentil comprensión del otro, así como la mutua confianza. El precio final no figura.

¿Cuántas ideas, obras, hechos, logros y malogros se debieron al diario como espejo o como tribuna? ¿Qué de las emociones, duelos y albricias, noticias e interpretaciones, iniciativas y desahucios, estímulos y críticas, apoyos y objeciones de sus páginas saltaron al torrente vital? El movimiento cultural de 1920 a 1945 y de 1950 a la fecha, con La Brasa y las universidades incluidas, creo que no hubiese sido igual en su tono, densidad y difusión sin El Liberal.

Esta Academia sabe al fruto de un centenario casal de ideas y acción alargado en la santiagueñidad militante. Bien estuvo para titular de un sitial don Juan, y que un vástago de su estirpe fuese de ahora en más invitado, disculpa mi presencia

El Liberal y don Juan, con los vespertinos La Hora y La Provincia, institucionalizaron  con la jerarquía y tecnología posible al medio el periodismo santiagueño. En la formación del primer círculo de la prensa estuvo don Juan, cuenta Samuel Yussen. Diarios sumados con entusiasta despliegue el homenaje que la provincia le brindó a don Juan, ya enfermo, en setiembre de 1942.

La medianoche del 10 de enero de 1944 en su agonía habló sereno. A sus hijos llorosos les dijo: “todavía no…”, lúcido recibió los sacramentos de la Iglesia y apretó manos pidiendo fuerzas o despidiéndose y exclamó: “…siento una sensación de plenitud…ahora, si…” Contenido en el vacío de alientos en suspenso, inclinó la cabeza y se apagó. El Liberal apuntó: “Falleció con santa serenidad.” Había librado el buen combate[xiii].

El diario La Nación dolido por el amigo, fiel a los idearios de Mitre y su corresponsal durante 35 años, despidió al patriarca del periodismo del interior. En el país, el diarismo y los colegas saludaron a un militante del oficio más lindo del mundo (García Márquez), que se iba condecorado de cicatrices y alta la frente.

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JOSÉ B. GOROSTIAGA (R. LIMA)

José Benjamín Gorostiaga,

 hacedor e intérprete de la Constitución.

 Por RAÚL LIMA

 Curioso destino el suyo. Se ha dicho que la Corte Suprema de Justicia de la Nación, desde el momento en que su misión es interpretar la letra de la Constitución, funciona como una especie de Convención constituyente en sesión continua. A Gorostiaga, integrante de la primera Corte -en la que estuvo veinte años- le tocó interpretar la Constitución de la que fue su principal redactor. Es decir, le tocó interpretarse a sí mismo ¿puede pretenderse intérprete más autorizado?

 Además, fue diputado nacional por su provincia (1862/1863) en el primer Congreso de la Argentina unificada, por lo que intervino en la redacción de leyes nacionales acordes con la Constitución, tal como dispone el artículo 31 de la Carta Magna.

 

Nació en la ciudad de Sgo. del Estero el 26 de marzo de 1823. Fueron sus padres don Pedro Pablo  Gorostiaga Urrejola y doña Bernarda Frías y Araujo, quienes tuvieron nueve hijos. Era nieto del Capitán don Josef Antonio Gorostiaga (vasco, de San Sebastián), que murió en Jujuy luchando contra los indios Tobas, por lo que a su abuela Bernardina Luisa de Urrejola le acordó Carlos III una pensión vitalicia.

A los diez años José Benjamín va a Buenos Aires con su familia, para radicarse allí: nunca volverá a Santiago del Estero. Pero representará a su suelo natal como diputado nacional y como convencional constituyente.

Su familia tuvo que radicarse en Buenos Aires porque su padre fue Tesorero de la Provincia durante los gobiernos de Alcorta y Deheza, y, tras el retorno de Ibarra al poder, en 1832, su situación fue incómoda, a lo que se agregaba su parentesco con los Frías, enemigos de Ibarra. El patricio decide dedicarse a la atención de su estancia en Silípica, pero a pesar del alejamiento de los negocios públicos, se imaginó a Don Pedro Pablo confabulado en una conspiración contra el gobierno y se lo mandó prender, sentenciado a destierro perpetuo y multa. Pagó ésta y cuando se dirigían a Buenos Aires murió el jefe de familia habiendo recorrido tan sólo nueve leguas. (Su bisnieto, Marcelo Lynch Gorostiaga, afirma que no murió en dicho viaje, sino en esta ciudad y en prisión por orden de Ibarra). Su desconsolada familia, luego de unos meses, volvió a dirigirse a Buenos Aires.

Durante los primeros años, madre e hijos vivieron en el pueblo de Ayacucho (ubicado al oeste de la provincia y al que los vinculaban lazos familiares con su fundador). Luego se radicaron en la ciudad de Buenos Aires, para que los hijos iniciaran o prosiguieran sus estudios escolares. Blanca Lorenzo de Noriega -la principal biógrafa de Gorostiaga en nuestro medio-,  nos informa en una de sus documentadas publicaciones, que cuando José Benjamín tenía 14 años, el núcleo familiar fue a vivir en una pensión de la calle San Martín, quedando en la estancia de Ayacucho los dos hijos mayores, Domingo Ignacio y Justo Pastor, dedicados a la actividad ganadera.

A los 15 años José Benjamín fue inscripto en el colegio regenteado por la Compañía de Jesús, a cargo de los padres jesuitas Parés y Magendie. Fue allí un estudiante muy destacado. En ese mismo colegio estudiaron: Sáenz Peña, Costa, Escalada, Irigoyen, los Anchorena… En 1841, al expulsar Rosas a los jesuitas, el colegio pasó a llamarse “Colegio Republicano Federal” y en el mismo enseñó Filosofía su  destacado ex alumno.

En 1840 terminó Gorostiaga sus estudios preparatorios, e inició su carrera de Leyes en la Universidad de Buenos Aires. También allí fue un estudiante destacado. Se doctoró en Derecho el 10 de abril de 1844. Su tesis versó sobre “Derechos hereditarios de los ascendientes legítimos”. Su padrino de tesis fue don Manuel de Irigoyen.

Ingresó como practicante en la Academia Teórico-Práctica de Jurisprudencia, desempeñándose luego en el Estudio del Dr. Baldomero García. En 1846 el Tribunal de Justicia le expidió su título de abogado.

Entre sus papeles, se encuentra esta anotación: “1846. Me recibí de Abogado y empecé a trabajar con éxito”. Tenía 23 años y era uno de los jóvenes más prometedores de su generación.

Su vida pública comenzó al día siguiente de la batalla de Caseros. Hasta entonces se había limitado a ejercer su profesión de abogado y colaborar en la “Gaceta Mercantil”.

Urquiza -buen catador de talentos- lo designó asesor de gobierno y auditor de guerra y marina.

Víctor Gálvez (seudónimo del  historiador Vicente Quesada), en su libro “Memorias de un viejo”, nos recuerda su aspecto físico: “Tenía la barba negra, el cabello ensortijado y compacto, el ojo de mirada ardiente y expresiva, rasgos muy acentuados en su fisonomía que le daba el aspecto de un hombre resuelto; su voz clara y sonora era notable, y como orador gozó de fama. Era afable, pero algo grave; su carácter natural es áspero y tal vez altivo. Es hijo de sus obras; su fortuna y su fama se la debe a sí mismo. Ha tenido reputación de abogado capaz y fue un estudiante famoso desde el colegio de los jesuitas. El Gral. Urquiza le dispensaba gran consideración ...gustábale el ambiente apacible del hogar”.

La deferencia del Gral. Urquiza hacia su persona  se evidencia no sólo en las designaciones con que lo distinguiera, sino también en su famoso brindis: “Por los ilustres compatriotas cuyos consejos no me abandonaron en difíciles momentos y a los cuales es debido, tal vez, el triunfo de nuestras instituciones: por los Dres. del Carril y Gorostiaga”.

 

En  el Soberano Congreso Gral. Constitituyente.

Caído Rosas en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, Urquiza -el general vencedor- tenía una verdadera obsesión por que se dictara cuanto antes una constitución nacional, con lo que estas provincias dejarían de constituir una Confederación (con el consiguiente derecho a secesión), para pasar a ser un Estado federal (esto es, una unión indestructible de estados indestructibles).

En 1852 gobernaba la provincia de Sgo. del Estero don Manuel Taboada, quien concurrió a la reunión de gobernadores en San Nicolás de los Arroyos.

En dicho Acuerdo se decidió que al Soberano Congreso Gral. Constituyente, que se reuniría en la ciudad de Santa Fe, acudirían dos diputados por cada una de las catorce provincias entonces existentes, munidos de la potestad de decidir por sí mismos sobre los temas que se plantearan en la redacción de nuestra ley suprema.

Tan alta responsabilidad recayó sobre el joven abogado, a la temprana edad de 29 años, cuando era ministro de Hacienda de la provincia de Buenos Aires, nombrado por Vicente López,  gobernador interino de esa provincia.

El otro diputado por Santiago del Estero fue el presbítero Benjamín Lavaysse, también santiagueño de nacimiento, quien a la sazón estaba a cargo del curato de Tulumba (Córdoba). El Padre Lavaysse se había graduado de doctor en la Universidad Mayor de San Carlos, actual Universidad de Córdoba, y en esa Universidad enseñó Filosofía y Derecho. Siendo sacerdote católico, sostuvo el derecho a la libertad de cultos. Murió de una apoplejía, el 7 de de enero de 1854,  en el trayecto de Salta a Jujuy, a los 31 años. Cabe acotar aquí que los progenitores de ambos constituyentes -don Pedro Pablo Gorostiaga y el general José D´Auxion Lavaysse- fueron firmantes del Acta de la Autonomía de Santiago del Estero, en 1820.

Como nota curiosa,  puede apuntarse aquí que en ese año de 1852, no existía en la provincia de Santiago del Estero ningún abogado.

 

En la redacción de nuestra Constitución Nacional en 1853, en Sante Fe (la misma que, con reformas, aún nos rige), fue Gorostiaga el principal redactor y el miembro informante de la Comisión de Negocios Constitucionales.

Su papel en el Congreso fue descollante, interviniendo en los debates en más de cuarenta oportunidades.

De su papel como convencional constituyente  dijo Paul Groussac: “...desde el principio al fin domina Gorostiaga la situación parlamentaria. Si fuera lícito admitir que tenga un autor la constitución federal que rige la república, deberá aparecer como tal Gorostiaga y no Alberdi”. Nada más lejos de la modestia que caracterizaba a Gorostiaga, estas rivalidades creadas por los historiadores y que no existieron durante la vida de los protagonistas (por el contrario, fueron amigos y se admiraron mutuamente). Al respecto, Gorostiaga se limitaba a decir: “Nuestra Constitución ha sido vaciada en el molde de la de Estados Unidos”.

Desde la Navidad de 1852 hasta fin de enero de 1853, el joven Gorostiaga no participó de los agasajos con los que eran obsequiados los constituyentes y, encerrado en su habitación en los altos de la alfajorería de Merengo, de Hermenegildo Zuviría, en completa soledad, realiza la ímproba tarea de dar forma al contenido de los debates y redactar el texto constitucional. Ese mes del estío santafecino, pese a las temperaturas superiores a los 40ª y el clima húmedo, fue de un rendimiento extraordinario para nuestro jurista, y para la labor constituyente.

Dice el destacado constitucionalista Jorge Reynaldo Vanossi: ¿Dónde consta la obra constitucional de Gorostiaga? Surge del “Anteproyecto”, que es un testimonio irrefutable de su autoría. Son los borradores del esbozo de Gorostiaga, redactado de su puño y letra, que abarcan prácticamente la totalidad de la “parte orgánica” de la Constitución y el “Preámbulo” de la misma. Allí están casi intactos los artículos correspondientes al texto actual en los capítulos referentes a: facultades del Congreso, formación y sanción de las leyes, Poder Ejecutivo, Poder Judicial, y gobiernos de provincia. También son incuestionables las fuentes de su redacción en esas partes: el Proyecto de Alberdi, la Constitución argentina de 1826, la Constitución norteamericana de Filadelfia (1787), y los comentarios de “El Federalista” de Hamilton, Madison y Jay. Tanto Gutiérrez como Gorostiaga conocían el idioma inglés, que el último de ellos utilizaría después para la correlación de las Sentencias de la Suprema Corte norteamericana con la jurisprudencia constitucional argentina de nuestro máximo tribunal”.

El Congreso no  llevó un diario de sesiones, sino sólo extractos de las mismas, volcados en el libro de actas. No obstante ello, ninguna duda cabe de que fue Gorostiaga quien tuvo en él el papel más importante, sumado a ello esa tan valiosa redacción final a que hemos hecho referencia. Cabe acotar que, además, era un buen orador.

Y el segundo convencional en importancia fue su amigo Juan María Gutiérrez, quien trabajó sobre todo en la parte dogmática de la Constitución (en la que están Declaraciones, Derechos y Garantías). Gutiérrez llevó al seno del Congreso el ideario de Alberdi sobre tan importantes temas, con quien se carteaba con frecuencia.

 

Terminada la tarea del Congreso constituyente, Urquiza lo designó ministro de Hacienda, en su gobierno provisorio.

Instaladas ya las autoridades nacionales -Urquiza presidente y del Carril vicepresidente-, Gorostiaga resultó electo diputado nacional al Congreso Federal por su provincia natal, pero en 1854 fue comisionado para la unificación de las monedas con las provincias. También fue ministro plenipotenciario en la celebración de los tratados sobre la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay.

Urquiza lo designó ministro del Interior de la Confederación.

Pero Gorostiaga, en octubre de 1854, abandona el gobierno de la Confederación y vuelve a radicarse en Buenos Aires, donde retomará con éxito el ejercicio de su profesión de abogado.

Las causas de su alejamiento del gobierno de la Confederación, nunca fueron aclaradas. Víctor Gálvez lo supone atraído por la fascinación de la gran ciudad. También se especuló con desinteligencias con el ministro de Justicia, Santiago Derqui, quien sucedería a Urquiza en la presidencia de la Confederación.  Algún biógrafo atribuyó su renuncia a no haber querido convalidar, al frente del ministerio del Interior, la invasión del Gral. Gerónimo Costa a Buenos Aires (esta última hipótesis es errónea, ya que este hecho ocurrió dos años después, en 1856).

En Buenos Aires lo tomarán los acontecimientos de 1859: el triunfo de Urquiza en la batalla de Cepeda y su consecuencia, el Pacto de San José de Flores, que darán origen a la primera reforma de nuestra carta magna, en 1860, lográndose así la reincorporación de la provincia de Buenos Aires al seno de la Confederación.

Y Gorostiaga fue constituyente en esa primera reforma de nuestra Constitución. Lo hizo también por Santiago del Estero, en compañía de Antonino Taboada, Modestino Pizarro y Luciano Gorostiaga.

 En la siguiente reforma, 1866, otra vez fue convencional, pero no pudo asistir debido a una enfermedad.

Y, experto constitucionalista, en 1870 fue convencional constituyente en la reforma de la Constitución de la provincia de Buenos Aires.

En 1872 ocupó fugazmente la cátedra universitaria en la misma Facultad en la que se había graduado. También fue designado “Académico Honorario” de esa Facultad de Derecho, máximo honor que dispenba dicha Facultad, compartido con Estrada, Tejedor, Mitre, Rawson y Vicente F. López, distinción que recién acepta en 1885, para que no interfiriera con su labor en la Corte Suprema (En 1877 había rechazado la designación de académico, basado en ese escrúpulo).

En 1883 es elegido senador nacional por la Legislatura de su provincia natal, pero esta vez decide continuar en la Corte, por lo que no aceptó la designación.

 

En la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

En 1865, cuando tenía 42 años, Mitre lo designó juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, el más alto cargo al que puede aspirar un jurista. Reemplazó a Valentín Alsina, que nunca se incorporó, por lo que la Corte de 1862 a 1865 funcionó con cuatro miembros, Salvador del Carril, Francisco de las Carreras, José Barros Pazos y Francisco Delgado.

 

 En 1868, contrariando su gusto, dejó su sitial para ser ministro de Hacienda de Sarmiento. Renunció en octubre de 1871, y fue designado miembro de la comisión encargada de reformar el Banco de la provincia de Buenos Aires, durante el gobierno de Carlos Casares.

En ese mismo año retornó a la Corte Suprema nacional, designado también por Sarmiento.

Permaneció en nuestro más alto Tribunal hasta su jubilación en 1887, y fue, sin discusión, el miembro más esclarecido de la Corte que le tocó integrar, y de la que fue presidente durante diez años (de 1877 a 1887).

También en la cabeza del Poder Judicial de la Nación, su papel fue descollante. Julio Oyhanarte (dos veces ministro de la Corte), en un interesante artículo periodístico, ha dicho que  la primera etapa de la Corte, a la que llama de “afianzamiento constitucional”, tiene el liderazgo indiscutido de Gorostiaga.

Se trataba de una Corte que aún no tenía precedentes propios, por lo que con frecuencia debía acudir a los de la Corte Suprema de Estados Unidos, atento a la semejanza de los textos constitucionales.

Con la labor de Gorostiaga como ministro de la Corte nacional, sucede como con su labor como convencional constituyente: es necesario inferir su participación. En efecto, los votos emitidos en forma impersonal -salvo caso de disidencias o del agregado de otros fundamentos- no permite individualizarlos, ya que una vez llegado el acuerdo, eran firmados por orden de antigüedad de los ministros.

Empero, Vanossi hace un pormenorizado estudio de los votos, identificando la autoría de Gorostiaga en muchos de ellos, sobre todo a partir de las ideas que defendiera en el seno de la convención constituyente de Santa Fe, Constitución de la que la Corte es, no sólo su intérprete, sino su último intérprete (recordemos que nuestro control de constitucionalidad, semejante al de Estados Unidos, es “judicial” y “difuso” (está a cargo de todos los jueces), pero la Corte tiene la augusta atribución de ser su intérprete definitivo.

Así, en materia de temas de tanta trascendencia como: Derecho de la revolución, privilegios parlamentarios, valor de los actos públicos provinciales, expropiaciones, Poder de policía, principio de legalidad, supremacía del derecho federal, independencia de la justicia provincial y de la justicia nacional, competencia de la justicia federal, extensión del Poder Judicial y límites del control a su cargo, separación de poderes: independencia del Legislativo y Judicial, facultades privativas de los poderes políticos: el juicio de las elecciones, la “cláusula comercial” de la Constitución y sus normas afines, libertad de prensa: delitos de imprenta y su jurisdicción, efectos de las leyes: principio de la irrectroactividad, retroactividad: leyes procesales y normas de competencia jurisdiccional, igualdad ante la ley, fueros personales y fueros reales o de causa, invocaciones a la equidad y a la justicia, limitaciones a los derechos individuales, defensa en juicio, las provincias en juicio (diferencias con la Constitución de Estados Unidos), demandas contra la Nación (el Estado nacional en juicio), autonomía de las provincias (principio de no intervención del gobierno federal), poderes militares y de guerra, Estado de sitio, Derecho Internacional y soberanía, nacionalidad y ciudadanía, responsabilidad de los funcionarios públicos, libertad de sufragio, límites provinciales y arbitraje, derecho de Patronato, Procurador Gral. de la Nación, cuestiones procesales, límites de los poderes municipales, prerrogativas e inmunidades de los legisladores, y Banco Nacional.

Con la opinión de Gorostiaga vertida en sus enjundiosos votos, comienza a formarse la “doctrina de la Corte”, que origina la jurisprudencia constitucional. Aparecen los primeros “leading case” (la primera vez que la Corte se pronuncia sobre determinado asunto); Fallos éstos que, por su enorme peso moral, inciden decisivamente en futuros fallos de los tribunales nacionales y provinciales, e incluso convencen a veces al Congreso de la conveniencia de ajustar la legislación a esa interpretación.

 

En 1885 aceptó, como un sacrificio, la candidatura a Presidente de la Nación por la Unión Católica. Ya presidente Juárez Celman, rechaza el ofrecimiento de éste para integrar su gabinete.

 

Sus únicos viajes fueron: el viaje de Santiago del Estero a Buenos Aires siendo niño, el de Buenos Aires a Santa Fe con Urquiza a bordo del Countess of Landsdale, de Santa Fe a Paraná, y, ya en sus últimos años, sus periódicos traslados a su campo de San Bernardo, en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires.

 

Cuando la crisis de 1880 por la “Cuestión Capital de la República”, Gorostiaga intenta evitar el derramamiento de sangre e invita a una reunión en su casa de calle Piedras nº 48, a la que asisten Alberdi, Mitre, Sarmiento, su pariente Félix Frías, y otras personalidades; pero no pueden evitar los encuentros armados de Barracas y Puente Alsina.

 

Casó en 1871 con doña Luisa Molina, (fue necesario que les dispensaran la consanguinidad, ya que los contrayentes eran primos, por el lado de los Frías), con quien tuvo una hija, María Luisa, casada con Belisario Lynch, de donde provienen los Lynch Gorostiaga.       

Murió José Benjamín Gorostiaga el 3 de octubre de 1891 a las dos de la tarde, a los sesenta y nueve años, por un “...proceso de arterioesclerosis”; recibió los auxilios religiosos de monseñor Antonio Rasore. Vivía en la entonces calle Cangallo nº 653 de Buenos Aires. Con un emotivo discurso, despidió sus restos -entre otras personalidades- el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Dr. Benjamín Victorica,  quien lo había sucedido en el cargo.  El ejército le rindió honores.

 

A guisa de colofón, debemos agregar que la provincia de Santiago del Estero ha sido ingrata con su hijo, quizás el más eminente. Pese a algunos reconocimientos oficiales, ha faltado empeño en difundir su figura en las escuelas y en los claustros universitarios. Idéntico reproche puede hacerse al gobierno nacional, si bien en su “pago chico” el hecho es más criticable.

Hacemos votos para que los abogados de nuestra provincia tomen ejemplo de la labor sabia y tesonera de este jurista ejemplar.  

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HOMERO MANZI SITIAL DE ARIEL ALVAREZ VALDÉS

Homero Manzi

 Por Ariel Álvarez Valdés

 Sin lugar para el olvido

Hablar de Homero Manzi es inevitablemente hablar del tango, de la música popular que nos identifica a los argentinos en el mundo.

Sin embargo Homero Manzi, nacido como Homero Nicolás Manzioni en 1907 en Añatuya, y muerto en 1951, es una figura que tuvo múltiples facetas, además de la musical.

 Trasplantado en su primera infancia al barrio de Boedo de Buenos Aires, se hizo porteño por adopción.  Las vivencias de esos años en el suburbio de la ciudad marcaron en forma indeleble su posterior producción poética, pero nunca le hicieron olvidar su lugar de nacimiento al que, en la poesía Añatuya es un lugar, llamó nostálgicamente “Aña…mía”. Este poema, una excepción a la temática exclusivamente urbana de los temas que escribió, luego se transformó, con ritmo de chacarera, en la única composición folclórica que lleva una letra suya.[1] Aunque vivió en Boedo, cursó sus primeros grados en una escuela de Nueva Pompeya, lo que explica que años más tarde uniera literariamente en el tango Surambos barrios como si fuera uno solo: “San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo, / Pompeya y más allá la inundación”.

 Dos veces expulsado

Ya recibido de profesor en letras, ejerció la docencia de castellano y literatura y fue estudiante de derecho, hasta que su actuación política en el radicalismo le valió, luego de la revolución de 1930, la expulsión de las aulas, a las que nunca regresó, ni como alumno universitario ni como docente secundario. Pero su pasión por la política siguió dominándolo hasta el fin de su vida. En 1935, lo llevó a fundar, junto con Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo y Atilio García Mellid, entre otros, la “Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina”, la legendaria FORJA, de fuerte inspiración nacionalista y de innegable impacto en la cultura política argentina. Más tarde, en la década de los cuarenta, cuando FORJA consideró cumplido su objetivo y se disolvió, Manzi se sumó al movimiento político en el que creyó ver la representación de la causa nacional y popular que él llevaba en las venas, y en el que militó hasta su muerte. Lo que le costo, esta vez, su expulsión del radicalismo.

Manzi se dedicó asimismo al periodismo, como colaborador de los diarios CríticaEl Sol y El Combate, y de las revistas Línea y Ahora; se destacó como crítico en publicaciones especializadas en la actividad radiofónica y teatral, ámbitos en los que, como autor, también cosechó éxitos; dejó su impronta en la época de oro del cine argentino, con guiones de películas memorables, como La guerra gaucha, Su mejor alumno, o Pampa bárbara, que figuran en lo mejor de la producción cinematográfica del país; y llegó a crear en 1942 la productora “Artistas Argentinos Asociados”, de fecunda trayectoria, para hacer filmes genuinamente nacionales. También se destacó en la actividad sindical, por su trabajo en defensa de los derechos de autor, cuando fue presidente de la “Sociedad Argentina de Autores y Compositores”.

 De los pies a la boca

Pero si por algo recordamos a Manzi es por ser autor de bellas e inolvidables letras de tango, que llegaron a opacar las otras muestras de su talento. Por eso decía al comienzo que hablar de Homero es hablar del tango.

El tango nació en algún momento –no sabemos bien cuándo– de las últimas décadas del siglo XIX y surgió sólo como música para escuchar y bailar.  A lo sumo a esa música se le agregaban letras elementales, festivas y generalmente obscenas. Al respecto, luego de comentar alguna vez Borges que el tango tiene un origen prostibulario, agregó con agudeza: “Y se le nota”. Comentario con el que parecía querer mostrar su poco aprecio por el tango, para el cual, sin embargo, escribió poemas y letras admirables.

Pero en 1916 todo cambió, cuando Pascual Contursi, sobre la música de un tango preexistente llamado Lita, escribió una letra relatando una historia con argumento, que fue Mi noche triste. Allí nació el tango canción, es decir, para cantar, que incluye un argumento, que habla de emociones, que cuenta una historia de vida. Y quien lo cantó por primera vez en el teatro y lo grabó, en 1917, fue nada menos que Carlos Gardel. Fue el primer tango para cantar y el primer tango que salió a la venta cantado por el Zorzal: ¡qué más puede pedirse para un legendario origen! En ese momento cambió la historia del tango porque, como dijo Discepolo, Pascual Contursi hizo subir el tango de los pies a la boca.[2] Pero también quizás habría que agregarle, al corazón. Porque entonces cambió su carácter: se hizo triste, melancólico, plañidero. ¿Será por eso que a muchos jóvenes no les gusta el tango?

Cuentan que un novel periodista fue a entrevistar una vez a Roberto Goyeneche y de entrada nomás le aclaró: “Mire maestro, yo vengo a hacerle un reportaje porque me manda la revista para la que trabajo, pero le advierto que a mí no me gusta el tango”. “¿Cuántos años tenés?”, le preguntó el Polaco. “Veintidós”, le contestó el entrevistador. “Bueno -le dijo Goyeneche-: andá y volvé cuando hayas cumplido cuarenta”. Evidentemente aún no tenía la experiencia de vida suficiente como para verse reflejado en la letra de un tango, o sentirse protagonista de una de sus historias. Eso, sin duda, exige haber vivido la vida.

 ¿Música o letra?

Esta anécdota refleja una vieja polémica surgida entre los pensadores de este género, que los lleva a preguntarse: ¿qué es más importante en un tango, la música o la letra?

Según el sentir de muchos, y a diferencia de otros géneros musicales, parecería que lo que prima es el valor de su letra. Prueba de eso es que hay tangos con una hermosa música pero con letras que nadie quiere cantar; y otros, cuya letra les aseguran una vigencia permanente, porque reflejan una realidad que se resiste a desaparecer, como en el caso de Cambalache. Un segunda argumento es la cantidad de frases que se han vuelto proverbiales, y cuyo origen es la letra de un tango. ¿Quién no ha dicho alguna vez “volver con la frente marchita”, que “veinte años no es nada” o que “la vida es una herida absurda”? Agreguemos finalmente que muchos tangos, algunos de ellos bellísimos como AdiósNonino, nacieron sin letra, pero que a la vuelta de los años se les agregó una: parecía que estaban incompletos.

 Manzi, poeta elegíaco

Y aquí es donde adquiere enorme importancia la figura de Manzi. Sin él, como dice Jorge Götling, tal vez el tango habría continuado siendo una música marginal, del suburbio, con una modesta expresión poética. Sería una antología de la queja, o una apología de la derrota y la frustración, la temática poco feliz de los autores que lo precedieron en el tiempo.[3] En cambio la aparición de Manzi marcó un hito. Él renovó, según sostiene José Gobello, las letras de los tangos, reemplazando en sus temas los amores tumultuosos y trágicos, las mujeres de vida liviana, el juego, el alcohol, por la vida tranquila de los barrios porteños y, sobre todo, por la digna nostalgia de lo pasado, que siempre imaginamos haber sido mejor. Hasta cuando habla del amor no lo hace del presente, sino del recuerdo de antiguos amores, de los que ya no están, de los que se han desvanecido junto con el viejo barrio. Por eso, afirma que Manzi fue principalmente un poeta elegíaco.[4]

Su carrera como letrista comenzó en 1926, con la grabación de su primer tango, Viejo ciego, y concluyó poco antes de morir cuando, desde su lecho de enfermo, le dictó por teléfono a su amigo Aníbal Troilo la famosa letra de Discepolín.

Manzi raramente utilizó el lunfardo, quizás porque no lo sentía suyo, o por la influencia de sus tiempos de profesor de literatura que lo acostumbraron a un lenguaje pulcro. En eso hace recordar a Le Pera, aunque éste excluyó el lunfardo de sus trabajos por imposición de los productores de las películas de Gardel, que querían que sus tangos fueran entendidos en toda Latinoamérica.  

 El amor por la barriada burda

Homero dudó alguna vez en dedicarse a la poesía mayor – alguien diría la poesía culta - o escribir para su pueblo, como lo confiesa en estos versos de Treinta años: “Volví a la convivencia de la barriada burda / dejé perder la gloria de mi destino grande / tomé la calle angosta y le canté a la luna / y la gente de barrio se detuvo a escucharme”.[5]

Al respecto, Gobello afirma que las alas del poeta carecían de envergadura para llevarlo a las cumbres, y que su instinto lo guió mejor que su ambición. Fue, dice, el mayor de nuestros poetas menores, y de haber persistido en buscar “su destino grande”, habría sido seguramente el menor de nuestros poetas mayores.[6] Sin embargo, como también dice Horacio Salas, es indudable que Manzi fue el primero en convertir las letras de tango en verdaderos poemas.[7]

Manzi utiliza en muchos de sus tangos una técnica poética enumerativa o, como la define Ostuni, una técnica de inventario:[8] en el tango Ninguna dice: “Esta mesa, este espejo y estos cuadros / guardan eco del eco de tu voz”; y en Sur: “La esquina del herrero, barro y pampa / tu casa, tu vereda y el zanjón”.

Llegó a la genialidad de componer un tango sin verbos y casi sin adjetivos. En Voz de tango, su máxima expresión de este recurso retórico, escribe:

 Farol de esquina, ronda y llamada  /  lengua y piropo, danza y canción, /  truco y codillo, barro y cortada, /  piba y glicina, fuelle y malvón. /  Café de barrio, dato y palmera, /  Negra y caricia, noche y portón, / chisme de vieja, calle Las Heras, / pilchas, silencio, quinta edición. /  Percal y horario, ropa y costura, /  Pena de agosto, tarde sin sol, /  luto de otoño, pan de amargura, /  flores, recuerdos, mármol, dolor. /  Gorrión cansado, jaula y miseria, / alas y vuelo, carta de adiós, /  luces del Centro, trajes de seda, /  fama y prontuario, plata y amor.

 ¿García Lorca?

            Homero Manzi, como también observa Gobello, incluyó en las letras del tango metáforas antes jamás imaginadas para la canción popular. El punto de partida se puede fijar, sin ninguna duda, en 1941, cuando escribió Malena en el que elevó las posibilidades literarias del tango a su cumbre. Basta pensar en las excepcionales metáforas con las que retrató a Malena, tales como su “voz de sombra", sus “ojos oscuros como el olvido”, “sus labios apretados como el rencor”, o “las venas con sangre de bandoneón”, que por primera vez se atrevían a asomar en el tango. Sin embargo, en su momento Malena fue resistido por mucha gente, que opinaba que eso no era tango, que eso era García Lorca. A partir de entonces, Manzi reiteró sus bellas figuras en muchas otras letras. Así, por ejemplo, en Fuimos, imágenes como "Fui como una lluvia de cenizas y fatigas / en las horas resignadas de tu vida", cautivaron definitivamente el sentimiento tanguero.

            Afortunadamente, con ese estilo Manzi abrió el camino para que otros poetas, como Homero Expósito, hablaran más tarde de las “trenzas de color de mate amargo”, o que Cátulo Castillo se refiriera a “la lágrima de ron que lleva hacia el hondo bajo fondo donde el barro se subleva” y para que Horacio Ferrer  instale finalmente “una golondrina en el motor de la ilusión superesport” en su Balada para un loco.[9]

Otro aporte fundamental de Homero Manzi a la música rioplatense, fue el rejuvenecimiento y la jerarquización de la milonga, prima hermana del tango, junto con el pianista Sebastián Piana. En este género musical escribió las letras de tres grandes clásicos: Milonga sentimentalMilonga del 900 y Milonga triste.

No todo, Homero: tus tangos no

No hay duda de que Manzi introdujo la poesía culta (si es que se puede escindir una poesía culta de una poesía popular) en el tango. Si no hubiese sido él, quizás lo habría hecho otro, pero lo cierto es que fue él quien agregó al tradicional esmoquin del cantor de tangos el esmoquin en la letra.

Y hoy no hay una expresión cultural, en los géneros populares del mundo, donde tanto la danza, como la música y la poesía alcancen el nivel que tienen en el tango. Es que “el tango es pasión, pero al mismo tiempo es teatro, es juego, es histeriqueo”.[10]  Por algo un comité de expertos de la UNESCO ya ha aprobado la propuesta de considerarlo patrimonio cultural de la humanidad. Sin duda, algo de aquel nivel se lo debe a Manzi.

Cuando ya sabía que la vida se le escapaba de las manos, Manzi escribió la letra de uno de sus tangos inmortales: Sur. En ella dice tristemente: “Las calles y la luna suburbana / y mi amor y tu ventana / todo ha muerto, ya lo sé”. Hoy podríamos decirle: No todo, Homero: tus tangos no han muerto ni morirán jamás.

 

[1] ALÉN LASCANO, Luis C. (1974).  Poesía y política. Buenos Aires: Nativa.

[2]SUÁREZ, Patricia. (1995, 18 de mayo).  Espinas en el corazón. La Capital.

[3]GÖTTLING, Jorge. (1981, 3 de mayo).  Sobre Homero Manzi y su mundo. Clarín.

[4]GOBELLO, José. (1981). La poética de Homero Manzi. Buenos Aires: Cuadernos de tango y lunfardo.

[5] MANZI,Homero. (1998).  Poemas, prosas y cuentos cortos. Buenos Aires: Corregidor.

[6]GOBELLO, José. (1980). Crónica general del tango. Buenos Aires: Fraterna.

[7]SALAS, Horacio. (1086). El tango. Buenos Aires: Planeta.

[8] OSTUNI, Ricardo. (2000). Viaje al corazón del tango. Buenos Aires: Lumiere.

[9]GOBELLO, José. Crónica general…

[10]PALMER, Marina, (2009, 9 de setiembre). En las milongas aprendí qué significa histeriqueo. Ámbito Financiero.

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