HOMERO MANZI SITIAL DE ARIEL ALVAREZ VALDÉS

Homero Manzi

 Por Ariel Álvarez Valdés

 Sin lugar para el olvido

Hablar de Homero Manzi es inevitablemente hablar del tango, de la música popular que nos identifica a los argentinos en el mundo.

Sin embargo Homero Manzi, nacido como Homero Nicolás Manzioni en 1907 en Añatuya, y muerto en 1951, es una figura que tuvo múltiples facetas, además de la musical.

 Trasplantado en su primera infancia al barrio de Boedo de Buenos Aires, se hizo porteño por adopción.  Las vivencias de esos años en el suburbio de la ciudad marcaron en forma indeleble su posterior producción poética, pero nunca le hicieron olvidar su lugar de nacimiento al que, en la poesía Añatuya es un lugar, llamó nostálgicamente “Aña…mía”. Este poema, una excepción a la temática exclusivamente urbana de los temas que escribió, luego se transformó, con ritmo de chacarera, en la única composición folclórica que lleva una letra suya.[1] Aunque vivió en Boedo, cursó sus primeros grados en una escuela de Nueva Pompeya, lo que explica que años más tarde uniera literariamente en el tango Surambos barrios como si fuera uno solo: “San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo, / Pompeya y más allá la inundación”.

 Dos veces expulsado

Ya recibido de profesor en letras, ejerció la docencia de castellano y literatura y fue estudiante de derecho, hasta que su actuación política en el radicalismo le valió, luego de la revolución de 1930, la expulsión de las aulas, a las que nunca regresó, ni como alumno universitario ni como docente secundario. Pero su pasión por la política siguió dominándolo hasta el fin de su vida. En 1935, lo llevó a fundar, junto con Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo y Atilio García Mellid, entre otros, la “Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina”, la legendaria FORJA, de fuerte inspiración nacionalista y de innegable impacto en la cultura política argentina. Más tarde, en la década de los cuarenta, cuando FORJA consideró cumplido su objetivo y se disolvió, Manzi se sumó al movimiento político en el que creyó ver la representación de la causa nacional y popular que él llevaba en las venas, y en el que militó hasta su muerte. Lo que le costo, esta vez, su expulsión del radicalismo.

Manzi se dedicó asimismo al periodismo, como colaborador de los diarios CríticaEl Sol y El Combate, y de las revistas Línea y Ahora; se destacó como crítico en publicaciones especializadas en la actividad radiofónica y teatral, ámbitos en los que, como autor, también cosechó éxitos; dejó su impronta en la época de oro del cine argentino, con guiones de películas memorables, como La guerra gaucha, Su mejor alumno, o Pampa bárbara, que figuran en lo mejor de la producción cinematográfica del país; y llegó a crear en 1942 la productora “Artistas Argentinos Asociados”, de fecunda trayectoria, para hacer filmes genuinamente nacionales. También se destacó en la actividad sindical, por su trabajo en defensa de los derechos de autor, cuando fue presidente de la “Sociedad Argentina de Autores y Compositores”.

 De los pies a la boca

Pero si por algo recordamos a Manzi es por ser autor de bellas e inolvidables letras de tango, que llegaron a opacar las otras muestras de su talento. Por eso decía al comienzo que hablar de Homero es hablar del tango.

El tango nació en algún momento –no sabemos bien cuándo– de las últimas décadas del siglo XIX y surgió sólo como música para escuchar y bailar.  A lo sumo a esa música se le agregaban letras elementales, festivas y generalmente obscenas. Al respecto, luego de comentar alguna vez Borges que el tango tiene un origen prostibulario, agregó con agudeza: “Y se le nota”. Comentario con el que parecía querer mostrar su poco aprecio por el tango, para el cual, sin embargo, escribió poemas y letras admirables.

Pero en 1916 todo cambió, cuando Pascual Contursi, sobre la música de un tango preexistente llamado Lita, escribió una letra relatando una historia con argumento, que fue Mi noche triste. Allí nació el tango canción, es decir, para cantar, que incluye un argumento, que habla de emociones, que cuenta una historia de vida. Y quien lo cantó por primera vez en el teatro y lo grabó, en 1917, fue nada menos que Carlos Gardel. Fue el primer tango para cantar y el primer tango que salió a la venta cantado por el Zorzal: ¡qué más puede pedirse para un legendario origen! En ese momento cambió la historia del tango porque, como dijo Discepolo, Pascual Contursi hizo subir el tango de los pies a la boca.[2] Pero también quizás habría que agregarle, al corazón. Porque entonces cambió su carácter: se hizo triste, melancólico, plañidero. ¿Será por eso que a muchos jóvenes no les gusta el tango?

Cuentan que un novel periodista fue a entrevistar una vez a Roberto Goyeneche y de entrada nomás le aclaró: “Mire maestro, yo vengo a hacerle un reportaje porque me manda la revista para la que trabajo, pero le advierto que a mí no me gusta el tango”. “¿Cuántos años tenés?”, le preguntó el Polaco. “Veintidós”, le contestó el entrevistador. “Bueno -le dijo Goyeneche-: andá y volvé cuando hayas cumplido cuarenta”. Evidentemente aún no tenía la experiencia de vida suficiente como para verse reflejado en la letra de un tango, o sentirse protagonista de una de sus historias. Eso, sin duda, exige haber vivido la vida.

 ¿Música o letra?

Esta anécdota refleja una vieja polémica surgida entre los pensadores de este género, que los lleva a preguntarse: ¿qué es más importante en un tango, la música o la letra?

Según el sentir de muchos, y a diferencia de otros géneros musicales, parecería que lo que prima es el valor de su letra. Prueba de eso es que hay tangos con una hermosa música pero con letras que nadie quiere cantar; y otros, cuya letra les aseguran una vigencia permanente, porque reflejan una realidad que se resiste a desaparecer, como en el caso de Cambalache. Un segunda argumento es la cantidad de frases que se han vuelto proverbiales, y cuyo origen es la letra de un tango. ¿Quién no ha dicho alguna vez “volver con la frente marchita”, que “veinte años no es nada” o que “la vida es una herida absurda”? Agreguemos finalmente que muchos tangos, algunos de ellos bellísimos como AdiósNonino, nacieron sin letra, pero que a la vuelta de los años se les agregó una: parecía que estaban incompletos.

 Manzi, poeta elegíaco

Y aquí es donde adquiere enorme importancia la figura de Manzi. Sin él, como dice Jorge Götling, tal vez el tango habría continuado siendo una música marginal, del suburbio, con una modesta expresión poética. Sería una antología de la queja, o una apología de la derrota y la frustración, la temática poco feliz de los autores que lo precedieron en el tiempo.[3] En cambio la aparición de Manzi marcó un hito. Él renovó, según sostiene José Gobello, las letras de los tangos, reemplazando en sus temas los amores tumultuosos y trágicos, las mujeres de vida liviana, el juego, el alcohol, por la vida tranquila de los barrios porteños y, sobre todo, por la digna nostalgia de lo pasado, que siempre imaginamos haber sido mejor. Hasta cuando habla del amor no lo hace del presente, sino del recuerdo de antiguos amores, de los que ya no están, de los que se han desvanecido junto con el viejo barrio. Por eso, afirma que Manzi fue principalmente un poeta elegíaco.[4]

Su carrera como letrista comenzó en 1926, con la grabación de su primer tango, Viejo ciego, y concluyó poco antes de morir cuando, desde su lecho de enfermo, le dictó por teléfono a su amigo Aníbal Troilo la famosa letra de Discepolín.

Manzi raramente utilizó el lunfardo, quizás porque no lo sentía suyo, o por la influencia de sus tiempos de profesor de literatura que lo acostumbraron a un lenguaje pulcro. En eso hace recordar a Le Pera, aunque éste excluyó el lunfardo de sus trabajos por imposición de los productores de las películas de Gardel, que querían que sus tangos fueran entendidos en toda Latinoamérica.  

 El amor por la barriada burda

Homero dudó alguna vez en dedicarse a la poesía mayor – alguien diría la poesía culta - o escribir para su pueblo, como lo confiesa en estos versos de Treinta años: “Volví a la convivencia de la barriada burda / dejé perder la gloria de mi destino grande / tomé la calle angosta y le canté a la luna / y la gente de barrio se detuvo a escucharme”.[5]

Al respecto, Gobello afirma que las alas del poeta carecían de envergadura para llevarlo a las cumbres, y que su instinto lo guió mejor que su ambición. Fue, dice, el mayor de nuestros poetas menores, y de haber persistido en buscar “su destino grande”, habría sido seguramente el menor de nuestros poetas mayores.[6] Sin embargo, como también dice Horacio Salas, es indudable que Manzi fue el primero en convertir las letras de tango en verdaderos poemas.[7]

Manzi utiliza en muchos de sus tangos una técnica poética enumerativa o, como la define Ostuni, una técnica de inventario:[8] en el tango Ninguna dice: “Esta mesa, este espejo y estos cuadros / guardan eco del eco de tu voz”; y en Sur: “La esquina del herrero, barro y pampa / tu casa, tu vereda y el zanjón”.

Llegó a la genialidad de componer un tango sin verbos y casi sin adjetivos. En Voz de tango, su máxima expresión de este recurso retórico, escribe:

 Farol de esquina, ronda y llamada  /  lengua y piropo, danza y canción, /  truco y codillo, barro y cortada, /  piba y glicina, fuelle y malvón. /  Café de barrio, dato y palmera, /  Negra y caricia, noche y portón, / chisme de vieja, calle Las Heras, / pilchas, silencio, quinta edición. /  Percal y horario, ropa y costura, /  Pena de agosto, tarde sin sol, /  luto de otoño, pan de amargura, /  flores, recuerdos, mármol, dolor. /  Gorrión cansado, jaula y miseria, / alas y vuelo, carta de adiós, /  luces del Centro, trajes de seda, /  fama y prontuario, plata y amor.

 ¿García Lorca?

            Homero Manzi, como también observa Gobello, incluyó en las letras del tango metáforas antes jamás imaginadas para la canción popular. El punto de partida se puede fijar, sin ninguna duda, en 1941, cuando escribió Malena en el que elevó las posibilidades literarias del tango a su cumbre. Basta pensar en las excepcionales metáforas con las que retrató a Malena, tales como su “voz de sombra", sus “ojos oscuros como el olvido”, “sus labios apretados como el rencor”, o “las venas con sangre de bandoneón”, que por primera vez se atrevían a asomar en el tango. Sin embargo, en su momento Malena fue resistido por mucha gente, que opinaba que eso no era tango, que eso era García Lorca. A partir de entonces, Manzi reiteró sus bellas figuras en muchas otras letras. Así, por ejemplo, en Fuimos, imágenes como "Fui como una lluvia de cenizas y fatigas / en las horas resignadas de tu vida", cautivaron definitivamente el sentimiento tanguero.

            Afortunadamente, con ese estilo Manzi abrió el camino para que otros poetas, como Homero Expósito, hablaran más tarde de las “trenzas de color de mate amargo”, o que Cátulo Castillo se refiriera a “la lágrima de ron que lleva hacia el hondo bajo fondo donde el barro se subleva” y para que Horacio Ferrer  instale finalmente “una golondrina en el motor de la ilusión superesport” en su Balada para un loco.[9]

Otro aporte fundamental de Homero Manzi a la música rioplatense, fue el rejuvenecimiento y la jerarquización de la milonga, prima hermana del tango, junto con el pianista Sebastián Piana. En este género musical escribió las letras de tres grandes clásicos: Milonga sentimentalMilonga del 900 y Milonga triste.

No todo, Homero: tus tangos no

No hay duda de que Manzi introdujo la poesía culta (si es que se puede escindir una poesía culta de una poesía popular) en el tango. Si no hubiese sido él, quizás lo habría hecho otro, pero lo cierto es que fue él quien agregó al tradicional esmoquin del cantor de tangos el esmoquin en la letra.

Y hoy no hay una expresión cultural, en los géneros populares del mundo, donde tanto la danza, como la música y la poesía alcancen el nivel que tienen en el tango. Es que “el tango es pasión, pero al mismo tiempo es teatro, es juego, es histeriqueo”.[10]  Por algo un comité de expertos de la UNESCO ya ha aprobado la propuesta de considerarlo patrimonio cultural de la humanidad. Sin duda, algo de aquel nivel se lo debe a Manzi.

Cuando ya sabía que la vida se le escapaba de las manos, Manzi escribió la letra de uno de sus tangos inmortales: Sur. En ella dice tristemente: “Las calles y la luna suburbana / y mi amor y tu ventana / todo ha muerto, ya lo sé”. Hoy podríamos decirle: No todo, Homero: tus tangos no han muerto ni morirán jamás.

 

[1] ALÉN LASCANO, Luis C. (1974).  Poesía y política. Buenos Aires: Nativa.

[2]SUÁREZ, Patricia. (1995, 18 de mayo).  Espinas en el corazón. La Capital.

[3]GÖTTLING, Jorge. (1981, 3 de mayo).  Sobre Homero Manzi y su mundo. Clarín.

[4]GOBELLO, José. (1981). La poética de Homero Manzi. Buenos Aires: Cuadernos de tango y lunfardo.

[5] MANZI,Homero. (1998).  Poemas, prosas y cuentos cortos. Buenos Aires: Corregidor.

[6]GOBELLO, José. (1980). Crónica general del tango. Buenos Aires: Fraterna.

[7]SALAS, Horacio. (1086). El tango. Buenos Aires: Planeta.

[8] OSTUNI, Ricardo. (2000). Viaje al corazón del tango. Buenos Aires: Lumiere.

[9]GOBELLO, José. Crónica general…

[10]PALMER, Marina, (2009, 9 de setiembre). En las milongas aprendí qué significa histeriqueo. Ámbito Financiero.

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